La nueva política

Publicado por el dic 3, 2016

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El ser humano lleva suficientes años sobre la Tierra como para haber resuelto ya satisfactoriamente la mayor parte de sus problemas sociales. Me refiero, entre otras cosas, a poder vivir en paz, haber acabado con el hambre, poder pensar y expresarse en libertad, tener una instrucción suficiente, gozar de un nivel sanitario adecuado, disponer de una justicia rápida y eficaz, tener un trabajo aceptablemente remunerado y habitar en una vivienda digna.

Y, sin embargo, en la generalidad de los países, incluidos los más desarrollados, casi todos estos problemas están aún sin resolver satisfactoriamente. Y ello a pesar de que, lejos de haberse despreocupado por su solución, el hombre ha ideado una actividad, la política, cuyo objetivo consiste justamente en resolverlos.

En los tiempos que vivimos, España, que es quien nos interesa, se encuentra hoy, respecto de esa cuestión, en una situación equiparable a la de los países de su entorno con los que conforma la Unión Europea. Mantiene esos problemas en un nivel de solución comparable a la de los países de su entorno.

Pero si lo que antecede es cierto, también lo es que en la carrera actual por la satisfacción de los problemas de la ciudadanía, España no ha partido desde el mismo punto de salida. España sufrió una Guerra Civil que la empobreció severamente y, aunque es verdad que Europa se vio también sacudida por la Segunda Guerra mundial, nuestra Nación tuvo que reconstruirse ella sola, sin las grandes ayudas de las que disfrutaron los contendientes europeos.

Lo cierto es que las generaciones de la postguerra española, desde las más antiguas hasta las que disfrutaron de la bonanza económica que empezó a malograrse a finales del primer decenio de este siglo, soportaron sobre sus hombros no solo la reconstrucción material de la España hambrienta que salió de la postguerra, sino también el ascendente e imparable camino que nos situó en el actual estado de desarrollo económico en el que nuestra renta per cápita se sitúa en el torno de los 36.000 dólares.

Con todo, lo más admirable es –y sigue siendo- la transición política que protagonizó el pueblo español que pasó de una autocracia a una democracia parlamentaria pilotada por la generosidad: los dirigentes políticos y la ciudadanía decidieron olvidar las discordias y pendencias que los habían enzarzado en tiempos anteriores para sumarse a la tarea común de levantar una nueva España democrática y socia de los instituciones internacionales más prestigiosas.

Pues bien, la crisis de los últimos años que rebajó nuestro estado de bienestar y la excesiva profesionalización de la política, entre otras circunstancias, alumbraron, primero, la aparición y, luego, la incorporación a las instituciones democráticas, de unos políticos de nuevo cuño, cuya ignorancia generalizada y falta de preparación se traduce en un nuevo modo de hacer política.

Ahora, se trata de sustituir la política de hechos por la política de gestos. No se trata de anticiparse a los deseos de los ciudadanos para encauzarlos convenientemente de acuerdo con los intereses generales, sino de dar gusto a todos sus caprichos sin que importe malcriarlos. Y todo esto, insertado en esa política teatral que se nos aparece como inevitable: los que más gritan nos quieren hacer ver que la política futura debe ser así y que no hay otra.

En este estado de cosas, mi manera de ver las cosas me aconseja que me rebele y que diga que estoy en completo desacuerdo con esa nueva política.

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