En la India rural: del templo de Adinath a la feria de los dromedarios

Publicado por el nov 9, 2016

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A partir de la tercera etapa, viajamos en autobús hasta que tomemos en Delhi el avión de regreso a Madrid, lo cual nos ha sumergido de lleno en la India rural. Al comienzo del viaje decidí olvidarme por completo de las visiones comparativas, como “pobreza/riqueza”, o “desarrollo/subdesarrollo”. Y la sustituí por la de estar a favor del espectáculo. Es decir, viera lo que viera, mis ojos lo observarían con la mejor predisposición, ya que valorar su desarrollo en nada mejora su situación: es lo que tienen a día de hoy los habitantes de este gran país.

El viaje fue largo y se dividió en dos etapas. Por la mañana, tardamos tres horas en llegar a Ranakpur, donde visitamos el templo de Adinath. No exagero un ápice si digo que acabé complacidamente “emborrachado” de arte escultórico en mármol blanco. Las palabras que me vienen son insuficientes para describir la magnífica obra arquitectónica que se alza en medio de un paraje boscoso y rodeado de medias montañas.

El de Adinath es un templo Jainista, una religión minoritaria en la India, que fue construido a mediados del siglo XV. Exteriormente es un conjunto muy armónico de tres plantas. En la entrada, a ras de suelo sale una escalinata al descubierto sobre la que se retranquean las otras dos, cada una de ellas con sendos porches salientes formados por columnas y cúpulas.

Lo verdaderamente impresionante está en el interior. Como ocurre cuando una visita por primera vez la Mezquita de Córdoba, el visitante es sorprendido por un sin fin de columnas labradas con escenas religiosas, motivos florales y de otro tipo. Y a cada paso, santuarios formados por un monje a mayor tamaño que sus acompañantes.

Después de almorzar, nos metimos una paliza hasta llegar a pernoctar en Pushkar. Nos dimos un gran madrugón porque nos levantamos a las cinco y media con el fin de llegar a la feria de dromedarios (vimos cientos) y caballos de la raza “marwari” (tienen las puntas de las orejas inclinadas una hacia la otra), ver el despertar de los feriantes y, sobre todo, la salida del sol. El espectáculo es difícilmente igualable. Esta noche iremos a cenar la desierto y espero que todo continúe en la línea que vengo relatando.

Para finalizar, debo señalar que el paisaje es desigual. Todo está bastante verde, pero mientras en la montaña los árboles están salpicados y se ven calvas de tierra, en la llanura todo es más uniforme, hay más arbolado y está más tupido.

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