La palabrería asamblearia

Publicado por el Oct 17, 2016

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Como hago con cierta frecuencia, comienzo por recordarles el significado gramatical de la palabra que utilizo para fijar los límites de mi reflexión. Hoy voy a referirme a “palabrería” que quiere decir  “abundancia de palabras vanas y ociosas”. Y lo hago porque, desde hace algún tiempo, vengo percibiendo en las intervenciones de algunos políticos que proceden de los movimientos antisistema un inusitado exceso de palabrería.

Dicha verborrea presenta, sobre todo, las tres siguientes características: a esa verbosidad se reduce gran parte de la actividad política que desarrollan; suele versar sobre problemas de  su organización interna (hablan orgullosos de cómo funcionan los órganos de sus movimientos asamblearios); y cuando traspasa este ámbito y se exterioriza casi siempre va dirigida contra un enemigo político al que se culpa de todo. Todo lo cual me recuerda extraordinariamente a lo que sucedía en la universidad que me tocó vivir.

En efecto, en aquella universidad de los últimos años del franquismo (década de 1965 a 1975) florecían extraordinariamente las asambleas universitarias en las que los líderes estudiantiles enardecían a los jóvenes limpios de espíritu y utópicos con emocionantes discursos a favor de la conquista de las ansiadas libertades democráticas.

El enemigo de entonces era el régimen autocrático de Franco, pero aquella efervescencia política no alteraba en exceso la vida ciudadana. Y es que salvo contados episodios de fuertes enfrentamientos con las fuerzas de orden público, una buena parte de los universitarios de entonces se contentaba con la palabrería asamblearia y las discusiones sin fin sobre la organización interna de los grupos de acción política, generalmente marxistas.

Desde entonces hasta hoy han pasado algo más de cuarenta años, en los cuales se han producido extraordinarios avances políticos en la conquista de las libertades democráticas. Hasta tal punto que no es exagerado afirmar que España es una nación que está actualmente en la vanguardia del reconocimiento y efectividad de los derechos y libertades de los ciudadanos.

Durante todo ese tiempo, la universidad siguió su curso, sin recibir nunca la atención que merece un institución de tan vital importancia para un país. Abandono al que contribuyeron lamentablemente los políticos de entonces que se sirvieron de la universidad hasta conseguir sus objetivos democráticos.

Pues bien, desde hace bien poco tiempo –y como si fuera una especie de venganza de la actual universidad ignorada- unos profesores intermedios se pusieron al frente del descontento que generó la crisis económica y agitando convenientemente las masas se convirtieron, primero, en azotacalles antisistema, para organizarse después como partido político, con cierto éxito electoral.

Ahora, los que ya hace mucho tiempo que abandonamos la universidad estamos asistiendo asombrados a la misma ineficiente palabrería de nuestra etapa universitaria con un solo cambio: el enemigo es ahora el PP al que confunden interesadamente con el Franquismo.

Lo peor de todo es que estos charlatanes que nos venden como nueva una política tan antigua y desgastada como la universitaria de finales del franquismo, no tienen suficiente –como escribió Stefen Zweig- “con sus adeptos, con sus secuaces, con sus esclavos del alma, con los eternos colaboradores de cualquier movimiento. No. También quieren que los que son libres, los pocos independientes, les glorifiquen y sean sus vasallos, y, para imponer el suyo como dogma único…”.

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