Normalidad ignorada y excepcionalidad propagada

Publicado por el Oct 13, 2016

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Los ciudadanos que vivimos en la denominada “era de la información”, además de soportar el bombardeo continuo de noticias reales o exageradas interesadamente, estamos siendo sometidos a políticas comunicativas que nos están desorientando.

Me refiero a que de todos los hechos que suceden a diario en la vida de nuestro país, solo se eligen unos pocos para ser divulgados. El que haya que seleccionar los acontecimientos que van a ser divulgados supone previamente determinar qué se considera noticiable. Lo cual, en la gran mayoría de las situaciones, obedece a circunstancias propias del hecho en sí, como por ejemplo se trata de algo inesperado y muy importante (la abdicación del Rey Juan Carlos I) o de la valoración de la empresa titular del medio sobre el asunto de que se trate (medios que son especialmente críticos con determinado partido político y, en cambio, muy afines con otros).

Pues bien, lo que me interesa destacar es que, como no podía ser de otro modo, el público destinatario de la noticia no tiene la más mínima intervención ni en el proceso de selección de los hechos que se consideran divulgables ni en el sesgo que se le da a lo que finalmente se difunde a través de los medios.

Si es evidente que el público no interviene en la elección de la parte de la realidad que se convierte en noticiable, ¿se saben al menos los criterios que se utilizan al respecto? Para hacer más claro lo que planteo permítanme que recuerde el siguiente suceso. Un presentador de la cadena internacional de noticias CNN comentó que el entonces presidente peruano Ollanta Humala les había pedido a los medios de comunicación de su país que dedicaran 15 minutos diarios de noticias positivas a fin de promover valores en los adolescentes. Y el periodista de CNN señaló todo lleno de razón que “las noticias buenas no venden” y “no le importan a nadie”.

Si aceptamos la tesis del periodista de la CNN, el criterio que hace que un suceso llegue a ser noticia difundida es su “comerciabilidad” y parece estar demostrado, de acuerdo con lo dicho por el informador norteamericano, que la comerciabilidad tiene que ver con el carácter negativo del suceso.

Llegados a este punto del razonamiento, la pregunta surge por sí sola: ¿cuantitativamente hablando y tomando como dato la realidad de la ciudadanía en general qué acontecimientos son más numerosos a diario los que cabría considerar positivos o los negativos? Aunque es verdad que vivimos en un valle de lágrimas, me atrevo a decir que, si se pudiese hacer un cómputo de esta naturaleza, predominarían los sucesos positivos.  

Lo cual conduce a la frase que he elegido como título de este artículo: la normalidad de nuestras vidas, es decir, todo lo positivo que nos sucede, tiende a permanecer ignorado, en tanto que lo excepcional y negativo es lo que se propaga. Así las cosas, o caemos en la cuenta de que la información está planteada en términos puramente comerciales o seguiremos desorientados creyendo equivocadamente que lo excepcional publicado es lo normal y lo normal ignorado es lo excepcional.

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