Jueces en política

Publicado por el ago 29, 2016

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Desde siempre, y mucho más desde que elegí la actividad jurídica como profesión, siento un enorme respeto por la figura del “Juez”. No es fácil describir este sentimiento de consideración y acatamiento con palabras porque se corre el riesgo de bordear la adulación. Por eso, para no ser inmoderado en la lisonja voy a tratar de acercarme a la figura del juzgador desde la óptica de la función que ejercen que es impartir “Justicia”.

Como muchísimos de ustedes sabrán, la Justicia se personifica alegóricamente en una Estatua con los ojos vendados, una balanza asida por la mano del brazo derecho doblado por el codo y una espada de doble filo empuñada con la mano izquierda y apoyada por la punta en el suelo. De estos tres elementos, me interesan ahora la balanza, de la que se suele decir que representa el equilibrio y la objetividad, y la venda en los ojos que alude a la imparcialidad.

Pues bien, cuando está ante la “justicia” el ser humano espera –y por lo general lo consigue- que a quien se le ha dado la facultad de decidir sobre su libertad o su hacienda actúe equilibradamente con objetividad e imparcialidad. Todos confiamos en que el juez efectúe no sólo un juicio técnico en el que aplique con acierto las normas a los hechos, sino un juicio más completo, a saber: que agregue a su saber normativo el caudal humano de su rica personalidad en la que deberían ocupar un lugar esencial los atributos del equilibrio, la objetividad y la imparcialidad.

No sé a ustedes pero a mí me produce desasosiego y tristeza ver a alguien que desempeñó la nobilísima tarea de juzgar faltando a la objetividad y al equilibrio indicados cuando entra en campaña política e incurre en las inexactitudes y exageraciones propias de la actividad política.

Para que se me entienda exactamente lo que quiero decir, y porque estoy agotando mis últimos días de vacaciones en Galicia, me voy a servir, como ejemplo, de las declaraciones que acaba de hacer el candidato a la Xunta de Galicia, Luis Villares, que hasta hace muy poco era Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Galicia.

Anteayer, en un acto celebrado en el Campo de la Leña de La Coruña llamó al actual presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, “cobarde”, “refugallo” (en castellano “desecho o despojo”), “malote de la clase” y “escapista forestal”. Y ayer añadió que el problema de Feijóo es que la única coalición que puede hacer en Galicia es con la dinastías “baltáricas” (se refiere al político gallego Baltar) y con los poderes económicos con los que privatizó la sanidad pública”.

Habrá quien diga que una cosa es la Justicia y otra la Política. Y que cualquier persona puede conservar el equilibrio, la objetividad y la imparcialidad cuando está en la Justicia y acto seguido revestirse “mentalmente” de la exagerada e inveraz dialéctica propia de la Política.

A mi me cuesta creerlo. Uno es como es enteramente y siempre. Y mi preocupación, desasosiego y tristeza surgen porque me cuesta creer que quien es capaz de decir semejantes sandeces de un rival político tenga la suficiente cordura y serenidad para juzgar sobre la libertad, la hacienda y, en general, sobre los interés de los ciudadanos. Por eso, o actúa ahora representando un papel que no cuadra con su personalidad, o siempre fue así, en cuyo caso tengo que poner en duda que haya actuado con los atributos humanos que exige la Justicia.

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