Nueva apariencia ¿nueva política?

Publicado por el ago 26, 2016

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El primer significado de la palabra “apariencia” en el Diccionario de la RAE es “aspecto o parecer exterior de alguien o algo”. Pues bien, a poco que fijemos la atención en la apariencia de los nuevos políticos que vemos a diario a través de los medios de comunicación observaremos que algunos de ellos han cambiado notablemente su aspecto externo, especialmente su indumentaria.

Frente a la generalización de una apariencia esmerada con una vestimenta adecuada y acorde con la solemnidad propia de la actividad representativa de la ciudadanía, en los últimos tiempos se está abriendo paso una nueva generación de políticos que portan una apariencia desaliñada que revela una descomposición en el atavío y la compostura.

Esta es la constatación de un hecho que no me parece discutible. Lo que puede serlo, en cambio, es la valoración que cabe hacer del mismo. Y ahí cada uno tendrá su propia opinión.

Estoy seguro de que no serán pocos los que piensen que el cambio de apariencia carece de importancia, que lo determinante es su actuación política. Y entre ellos los habrá que justifiquen la nueva indumentaria y hasta el desaliño personal alegando razones de sinceridad y concordancia: los nuevos políticos, lejos de ponerse en línea con las clases burguesas a las que combaten políticamente, prefieren portar, más o menos, la misma apariencia que el círculo de ciudadanos a los que representan.

Mi valoración es diferente. Mi profesor de Historia del Derecho, un catedrático muy inteligente, decía que “la forma es la garantía del fondo” y que la mejor manera de erosionar una institución es comenzar por “destruir” sus aspectos formales. Nos decía, por poner solo un ejemplo para que se entienda su afirmación, que las togas y todo el ceremonial que desarrollaban los jueces y abogados en estrados revelaban la propia solemnidad de la administración de justicia, en virtud de la cual unas personas especialmente “revestidas” decidían, de acuerdo con las leyes y el procedimiento, sobre la vida y la hacienda de otros. Y añadía que si los jueces, abogados y ciudadanos vistiesen igual y no existieran los estrados, a los justiciables les costaría aceptar las sentencias y ello supondría un deterioro de la función de administrar justicia.

Pues bien, algo parecido sucede con el Parlamento y nuestros parlamentarios. No estoy diciendo que haya que obligarlos a ir de corbata, pero entre este modo de vestir o ir de pantalones vaqueros o de pana, camisa o camiseta y rastas, hay el largo trecho que va desde lo conveniente a lo incorrecto.

Habrá quien diga que la apariencia no es importante. Pero si no lo es ¿por qué ponen tanto empeño en mantener su desaliño? Lo que quiero decir lo resume perfectamente un chiste gráfico que circuló por la red en el cual el Presidente Obama al ver que se acercaba Pablo Iglesias a saludarlo vestido con camisa blanca remangada y pantalón de pana negro le pide dos raciones de pulpo. Y con esto no digo nada contra de los camareros, sino simplemente que su noble profesión es distinta de la de diputado.

Pero aún hay más, y es que no me extrañaría que esas “nuevas apariencias” sean una especie de señuelo de la nueva política: nos muestran su desaliño para que nos cebemos en él y no nos fijemos en la ineficaz gestión que están llevando a cabo de los intereses de los ciudadanos allí donde gobiernan.

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