¿Fue una buena idea abandonar el bipartidismo?

Publicado por el ago 8, 2016

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La llegada de la democracia produjo la aparición de numerosísimos partidos políticos, a pesar de lo cual, desde el principio, la voluntad de los ciudadanos se fue articulando en torno a dos opciones mayoritarias. De esta suerte, desde las primeras elecciones democráticas existió en España un bipartidismo imperfecto en el que había dos formaciones de gobierno (PSOE y PP) que se alternaban en el poder. Junto a ellas, se fueron consolidando ciertos partidos nacionalistas que, cuando no había mayoría absoluta, facilitaban la gobernabilidad a cambio de jugosas contrapartidas.

Este modo de organizar la gobernabilidad llevó a España a unas cotas de bienestar nunca alcanzadas con anterioridad. Sin embargo, la insaciable voracidad los partidos nacionalistas y la crisis económica hizo que subieran al escenario dos nuevos protagonistas: Ciudadanos y Podemos. Y en las elecciones del 20 de diciembre de 2015 la ciudadanía repartió mayoritariamente sus votos, no entre las dos opciones tradicionales, sino entre las cuatro que componen el panorama político actual.

Es posible que ahora el voto ciudadano esté mejor perfilado que antes, en el sentido de que las opciones que se le ofrecen al votante respondan mejor a sus matices ideológicos, pero visto lo que ha sucedido desde entonces hay que poner en duda que hayamos acertado.

Y es que desde la desaparición del bipartidismo ha habido, por primera vez, una investidura fallida con la consiguiente repetición de las elecciones. Y los nuevos resultados del pasado 26 de junio no parecen haber dejado muy claro a alguno de los líderes de las cuatro formaciones actuales los pactos que deben celebrar hasta lograr la investidura y la formación de un gobierno estable.

Lo cierto es que la –en su momento- bien acogida desaparición del bipartidismo ha generado unos problemas de gobernabilidad que empiezan a poner en riesgo algo tan esencial como es el propio crecimiento de nuestra economía.

Hoy los partidos emergentes, que han tenido unos resultados electorales muy favorables si se tiene en cuenta su bisoñez, están tratando por todos los medios de conservar lo que han logrado. Por lo cual están enredados en unos movimientos tácticos que los obligan más a mirar para su propio ombligo que a defender los intereses generales de España.

Y esto está provocando una acción política paralizante: si no hace nada, no pasa nada, pero si haces algo y das un paso en falso, se resentirá el futuro del partido político emergente y con él los puestos políticos alcanzados.

La variedad ideológica plasmada en las cuatro formaciones que componen el panorama electoral actual ha desatado el egoísmo político partidista con el consiguiente arrumbamiento de la generosidad general que tanto merece nuestra querida España.

 

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