El sendero encantado de la literatura

Publicado por el ago 2, 2016

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Anton P. Chéjov pone en boca de uno de sus personajes de “La gaviota”: “una obra de arte ha de expresar una idea con claridad y resueltamente. Tiene usted que saber para qué escribe, pues si sigue usted el sendero encantado de la literatura, sin un fin definido en su mente, se extraviará y su talento acabará arruinándole”. En otro pasaje de su obra, otro dice: “Debo admitir que admiro a los escritores, muchacho. Hace años, ¿sabes?, deseaba ardientemente dos cosas: casarme y ser novelista. Ninguna de las dos las he conseguido. Sí, incluso ser un literato de segunda fila debe ser agradable…”. Y, por último, Nina afirma: “Pues yo hubiera pensando que para quien ha experimentado el placer de crear, ya no puede existir ningún otro placer”.

Permítanme estimados lectores que, desde la óptica de mi experiencia personal, comente estas tres aseveraciones de Chéjov, pero en sentido inverso al orden en que las he expuesto.

Sobre el acto de crear, no hay duda de que es un verdadero placer, sobre todo cuando para entregar la obra no se está constreñido por plazos perentorios. El hecho de narrar una historia, que en su mayor parte ha anidado en la mente del autor, supone, más que otra cosa, la sensación de dominio absoluto del creador sobre la vida reflejada en su relato.

Es cierto que, como suele decirse, muchas veces los personajes te llevan de la mano, pero también lo es que nunca te hacen transitar por donde tú no quieres. Por otra parte, aunque el dominio sobre la narración lo ejerce el autor, en no pocas ocasiones, la lógica de lo que se va contando impone escenas complementarias. Ahora bien, la pregunta que hay que hacerse, de acuerdo con la opinión de Nina, es si es cierto que una vez experimentado el placer de crear no puede existir ningún otro.

Yo no lo creo. Las dos actividades propias de mi carrera universitaria, investigación y docencia, me han deparado numerosos momentos de satisfacción muy similares a los de la creación literaria.

Coincido plenamente –y entro en la segunda reflexión- en que “ser literato de segunda fila debe ser agradable”. Más aún: lo es incluso siendo de tercera, cuarta o quinta fila, porque si bien uno escribe para los demás (en el Lazarillo de Tormes se dice: “muy pocos escribirían para uno solo”), lo hace también para sí mismo. Y si acabo de decir que escribir es un placer, lo de menos es la fila en la que te clasifiquen como autor.

Recuerdo que, tras releer algunos pasajes de las novelas de García Márquez, con ocasión de su muerte, pensé que existiendo un autor de esa dimensión sideral ¿para qué se necesitaba a los demás? Y no tardé en encontrar dos respuestas. Tienen que existir autores menos brillantes, porque, como las novelas, al contrario que las obras musicales que se pueden escuchar reiteradamente, suelen recibir una sola lectura, si solo existiesen los autores de primera fila, llegaría un  momento en que los lectores (aunque parece que actualmente no son muchos) no tendrían qué leer; y porque el hecho mismo de que haya novelistas de primera fila, presupone la existencia de otros autores de inferior nivel con los que compararlos.

Finalmente, creo, como Chéjov, que no hay buena novela si no se narra una historia con claridad y resueltamente. Lo cual exige saber para qué escribe y tener la fortuna de encontrar el sendero encantado de la literatura.

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