Un tsunami de homogeneidad

Publicado por el Jul 30, 2016

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Subo con retraso la Tercera de ABC del domingo pasado

EL diccionario de la RAE define «tsunami» como una «ola gigantesca producida por un maremoto o una erupción volcánica en el fondo del mar». Pues bien, voy a tomarme la licencia literaria de emplear esta expresión para describir la ola gigantesca de homogeneidad que está ahogando nuestra originaria singularidad. La causa de este preocupante fenómeno social es la escasa resistencia que oponemos a las sucesivas operaciones de imposición de un pensamiento dominante, que tiende, cada vez más, a convertirse en único.

Aunque pueda parecer que me alejo demasiado, retrocedo a mi infancia, porque es allí donde descubro ahora una reacción a favor de la autenticidad del propio pensamiento. Seguramente, muchos de ustedes recordarán la expresión «respeto humano», que yo oía con mucha frecuencia en el colegio. Al rememorar aquellos años, evoco a nuestros educadores censurando, una y otra vez, la forma de proceder, por acción u omisión, en la que, en lugar de guiarnos por lo que nos dictaba la conciencia, nos dejábamos llevar por la preocupación de cómo reaccionarían nuestros compañeros. El respeto humano era una actitud reprensible –aunque en aquel entonces se circunscribía a la esfera religiosa–, en la medida en que nos alejaba de la autenticidad de nuestro propio pensamiento, rectamente formado por la conciencia, y nos convertía en uno más de los débiles que cedían a la adulterada opinión dominante.

Andando los años, en la etapa universitaria, los de mi generación, al menos en lo que yo viví, sentíamos un apetito ardiente de libertad, que se proyectaba en una triple dirección: libertad de pensamiento, de expresión y de acción. Es verdad que la libertad que ansiábamos era más de índole política que de otra naturaleza. Pero no lo es menos que la uniformidad política de entonces se traducía en un modo de vida que estaba bastante alejado de la anheladas libertades democráticas.

En aquellos maravillosos años, el pensamiento era bastante heterogéneo porque la información se obtenía principalmente a través de los medios escritos, la literatura y la prensa, y aunque existía cierto dirigismo en el pensamiento político, se conservaba cierto margen de individualidad: la formación personal de cada uno le permitía tamizar y singularizar los mensajes políticamente uniformadores que transmitían mayoritariamente los medios oficiales de entonces.

Pronto apareció la cultura de la imagen que, si bien por el incipiente desarrollo de la tecnología de entonces llegó a cuentagotas, acabó contribuyendo significativamente al fenómeno homogeneizador del pensamiento. A las jóvenes generaciones de aquellos años las fueron acostumbrando a recibir, pasiva y acríticamente, los contenidos audiovisuales que predisponían interesadamente los medios oficiales. El homogeneizado alimento cultural lo recibíamos, pero a los que más afectó fue a los jóvenes. Estos, influidos en exceso por el nuevo modelo de vida que mostraban los contenidos televisivos (el modelo era en su mayor parte el norteamericano), no tardaron en hablar de la misma manera, gritando casi todos al hablar y expresándose con exagerada e irrespetuosa violencia verbal hacia sus mayores.

La cultura de la imagen no tardó en afectar incluso al hecho mismo de jugar. La infancia que comenzó a convivir con la televisión se olvidó de aprender a jugar al modo de las generaciones anteriores, porque no lo necesitaba. La magia de la televisión conseguía que los púberes pasaran embobados horas y horas delante del televisor sin necesidad de tomar parte en ningún otro divertimento. Y, por si esto fuera poco, incluso los juguetes empezaron a construirse más para ver lo que hacían que para ser manejados manualmente: les daban cuerda, y hacían tantas cosas, reír, llorar, comer, hablar, que apenas dejaban margen para la imaginación.

La televisión única no tardó en dejar paso a nuevas emisoras que, si bien hicieron que los mensajes fueran más plurales, ahondaron nuestra adicción por ese medio informativo. A partir de entonces, el hombre se convirtió básicamente en telespectador y su principal fuente de información son los mensajes que elabora y comunica un empresario, público o privado, que nunca es neutral.

Uno de los efectos relevantes que produjo la aparición de estos nuevos y potentes medios de información audiovisuales es que hubo una sustitución en el sujeto homogeneizador que alojábamos en nuestro propio yo. Persistía la tendencia a dejar de ser nosotros mismos y cambiar nuestro yo por otro, pero con significativas modificaciones. Así, el respeto humano nos hizo sustituir los insobornables dictados de nuestra conciencia por lo que creíamos que pensarían los pocos «demás» con los que convivíamos en nuestra etapa escolar. En los primeros momentos de la televisión, los que ya teníamos cierta edad combinábamos la cultura de la imaginación con la de la imagen, y eran los más jóvenes los que se dejaban seducir directamente por la comodísima cultura audiovisual. En los momentos actuales, aunque la oferta televisiva es mucho más amplia, el «yo televisivo» que desplaza y sustituye a nuestro «yo más íntimo y auténtico» es más uniforme y está más generalizado que nunca.

Pues bien, si la ola de uniformidad en la que estábamos tenía ya proporciones considerables, las nuevas tecnologías al poner a nuestra disposición las redes sociales han generado el asfixiante tsunami del que hablo. En efecto, la intercomunicación que posibilita internet entre el creador de los contenidos y el público desconocido de los destinatarios ha dado lugar a una especie de «diálogo» en la red, que está rematando definitivamente el trabajo de uniformización del pensamiento. No critico en absoluto las redes sociales: estas son un medio transportador y difusor de información como en su día lo fue la imprenta. Lo que sostengo es que este medio está siendo utilizado también para generar una especie de moderno «respeto humano» en la red.

Obsérvese que, con anterioridad, la labor informativa, que era una especie de monólogo que los destinatarios de la información recibían pasivamente, se opone ahora un «diálogo digital», en el cual el que elabora y difunde su pensamiento, si se separa un ápice del pensamiento dominante, es rápidamente respondido por una verdadera legión de rednautas, por lo general insuficientemente identificados, que más que debatir con razones recurren al insulto.

Así las cosas, cada vez resulta más opresiva la imposición que se realiza en la red a favor de una única y determinada manera de pensar que está pulcramente empaquetada bajo el rótulo de lo «políticamente correcto». Expresión ésta sobre cuyo significado no debo extenderme porque todo el mundo la entiende. El fenómeno es tan preocupante que deberíamos preguntarnos si no se está sacrificando al hombre singular en beneficio de la masa de prosaicos mediocres de pensamiento homogeneizado.

 

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