Un grito de amor en una carta desesperada

Publicado por el Jul 17, 2016

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Me he permitido inspirarme en la obra de Pablo Neruda “veinte poemas de amor y una canción desesperada” para titular esta reflexión que me suscita una carta escrita por Pilar Fernández Sánchez, desde Granada, y que ha sido seleccionada con su habitual acierto por Lorenzo Silva como la Carta de la Semana en el XL SEMANAL.

Pilar, de 82 años, resume el balance de su vida en: 4 hijos, 11 nietos, 2 bisnietos y una vivienda habitual de 12 metros cuadrados en un residencia geriátrica. En lo material, dice que no tiene casa, ni sus cosas queridas, pero sí quien le arregla la habitación, le hace la comida y la cama, le toma la tensión y la pesa. Pero en el recuento de sus carencias señala que “ya no tengo las risas de mis nietos, el verlos crecer, abrazarse y pelearse”. Prosigue: “algunos vienen a verme cada 15 días; otros, cada tres o cuatro meses; otros nunca”. Añade: “no sé cuánto me quedará, pero debo acostumbrarme a esta soledad”. Y concluye: “espero que las próximas generaciones vean que la familia se forma para tener un mañana (con los hijos) y pagar a nuestros padres por el tiempo que nos regalaron al criarnos”.

Es difícil poder añadir algo más. Pero pienso que mi ya admirada Pilar ha gritado su amor en esta carta desesperada. Dicen que la juventud de hoy lee pocos periódicos. Si fuera cierto, me imagino que todavía menos este tipo de revistas semanales. Y hasta es posible que los que vean esta carta, la consideren, sin más, como una queja injustificada de una abuela “aparcada”.

Pero este pensamiento sería el de un hijo que no es padre. Desde el momento en que alguien tiene hijos, empieza a experimentar que todo el amor que reclamaba de sus ascendientes lo proyecta él en sentido descendente hacia sus hijos. Y seguramente es a partir de entonces cuando comienza a entender a sus padres. Lo mismo, pero más acentuado, sucede cuando uno tiene la inmensa fortuna de convertirse en abuelo.

Es a partir de ese momento cuándo el amor se desprende de las últimas adherencias de egoísmo que le quedaban y se convierte en el sentimiento del querer sin contrapartida. Por eso, la carta de Pilar no hay que tomarla como un reproche, porque no lo es, sino como un grito de advertencia lanzado desde el amor: formar parte de una familia obliga a sus miembros y sobre todo a los más jóvenes a agradecer simplemente devolviendo amor en compañía a los que se “mataron” por sus descendientes.

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