Las incoherencias de Albert Rivera

Publicado por el Jun 17, 2016

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Frente a la lógica petición de sinceridad sobre los pactos post electorales que demandan los ciudadanos, no son pocos los analistas políticos que piensan que en plena campaña electoral es legítimo que cada líder siga en este punto la mejor estrategia, incluida la del silencio, para captar el mayor número de votos para su formación.

La división actual del electorado en cuatro partidos, en lugar de los dos de convocatorias anteriores, ha complicado el panorama de la posible “clientela” de cada partido. Y no solo porque debido a su volatilidad la clientela electoral no es un activo fijo de cada partido, sino porque la variada oferta política que hay actualmente ha dividido bastante al electorado. Antes se escogía básicamente entre dos partidos con posibilidad de formar gobierno, mientras que ahora hay cuatro propuestas diferentes de las que, por lo que parece, habrá que combinar dos o tres para lograr la investidura de un candidato a presidente.

Así las cosas, se comprende que cada partido se afane en resistir al máximo en la dura competencia electoral: además de esforzarse en conservar su electorado debe atraer hacía sí el mayor número de votantes posibles. Y claro en estos días de esforzada lucha por la captación del votante, se puede comprender que los candidatos mientan, es decir, que manifiesten lo contrario de lo que piensan. Porque decir la verdad sobre los pactos post electorales puede ser democráticamente higiénico, pero implica un grave riesgo de que sea electoralmente pernicioso.

Las palabras que anteceden pueden explicar las dudas que parece estar sembrando Albert Rivera, el cual ha manifestado últimamente que no apoyará a Rajoy ni al PP, y que tampoco se abstendrá para que este partido pueda formar gobierno. Sin embargo, si hubiera que valorar a Albert Rivera por lo que ha ido manifestando y haciendo, no tengo ninguna duda de que habría que calificarlo como un político incoherente: no tiene una actitud lógica y consecuente con lo dice que defiende.

En efecto, no hace mucho el señor Rivera manifestaba que había que dejar gobernar a la fuerza más votada y que –y esto es lo más relevante- la cuestión no era de sillones sino de los acuerdos programáticos. Y tras manifestar reiteradamente que no apoyaría ni a Rajoy ni a Sánchez, celebradas las elecciones del 20 de diciembre, suscribió un pacto de investidura con el PSOE.

Recientemente, no sé si por contagio de Pedro Sánchez “el empecinado” (al final el contacto intenso con otro hace que se transmitan hasta las actitudes más negativas) o porque revela ahora una intransigencia que mantenía oculta, el señor Rivera parece haber entrado en el callejón de los vetos. Pero no sé si se trate de una postura firme e inamovible o de una simplemente estrategia electoral y, por tanto, transitoria para evitar que se le vaya mucha clientela.

A mí me gustaría que las incoherencias actuales de Albert Rivera fueran pasajeras y que tanto los ataques a Mariano Rajoy y al PP como la inclinación que parece sentir hacia el PSOE tuvieran como verdadero objetivo pescar votantes en el desanimado y desorientado caladero que pastorea Pedro Sánchez.

Y ello porque no me encaja lo que ha venido diciendo Albert Rivera sobre los problemas actuales de España y las soluciones que propone, con la posición actual de imponer un veto al PP que puede llevar a que entren en el gobierno los que tan “brillantes” soluciones vienen aplicando en Grecia y Venezuela. Por eso, tal vez Albert Rivera debería plantearse si conviene seguir tensando la cuerda, pero solo con el PP, con el manido tema de la regeneración frente a la corrupción (que es antigua y hoy está en vías de restablecimiento) o, por el contrario, colaborar, tras los pactos de gobierno que considere necesarios, con el partido más votado para que no llegue a frustrarse la incipiente, pero innegable, mejora de la situación económica en la que nos encontramos.

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