Las facetas de sensibilidad que quedan a España

Publicado por el Jun 15, 2016

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En un artículo publicado en el Imparcial el 10 de agosto de 1908, Ortega y Gasset exponía las tres ideas siguientes. La primera era que estaba convencido de que “es injusto, de que es blasfematorio, maldecir del pueblo, divino irresponsable”. Y añadía que de maldecir a alguien habría que hacerlo de los intelectuales, de “todos los que llevamos en el pecho cien atmósferas de vanidad personal”.

Su segunda idea era que “en España no hay más que pueblo. Esta es, probablemente, nuestra desdicha. Falta levadura para la fermentación histórica, los pocos que espiritualicen y den un sentido de la vida a los muchos”.

Y el tercer pensamiento que nos regalaba entonces es que, a su juicio, “las únicas facetas de sensibilidad que quedan a España son la literatura periodística y la política de café”.

Las dos primeras ideas no me sugieren otro comentario que señalar que hasta no hace mucho casi todos compartían la idea de que el pueblo es irresponsable (“el pueblo siempre tiene razón”, se dice). Pensamiento que está íntimamente ligado con que hay una crisis de la intelectualidad en el sentido de que faltan esos “pocos” que en palabras de Ortega y Gasset formen un “pueblo dentro de otro pueblo e influir sobre el más amplio”.

Es la tercera afirmación la que considero más interesante. Porque ¿se podría decir hoy que las únicas facetas de sensibilidad que le quedan a España son la literatura periodística y la política de café? Lo dudo por dos razones: porque en nuestros días esas dos facetas de sensibilidad se presentan con ciertas singularidades que las alejan de lo que podían ser en 1908 y porque han aparecido otras actividades nuevas a las que se ha trasladado la sensibilidad que poseían entonces la buena literatura periodística y la buena política de café.

Sin negar que hoy se hace muy buena literatura periodística, comparable a la de entonces, no deberíamos ocultar que también se hace muy mal periodismo. Y no pienso tanto en el periodismo partidista -que lo hay y mucho- , como, sobre todo, en el que utiliza profusamente el escándalo amplificado para comunicar noticias por razones puramente comerciales, sin que le importe en absoluto la honorabilidad de las victimas de sus “interesadas”, malévolas y “rentables” informaciones deformadas con cristal de aumento.

De la política de café me atrevo a señalar que hoy la política se ha trasladado afortunadamente a otros ámbitos. En los cafés, me parece que se habla más de fútbol que de las demás cosas, incluida la política.

Y ¿cuáles son las nuevas sensibilidades? Si duda las redes sociales y las televisiones. Con distinto alcance, hoy las redes son un hervidero de contraste de pareceres políticos, en los que en no pocas ocasiones los “opinantes” ocultan su identidad. Y las televisiones, gestionadas por empresas comerciales que persiguen lógicamente el beneficio, que se han convertido también en plataformas de amplísima difusión de sus propios posicionamientos políticos.

Lo que sorprende es que habiendo crecido tanto los medios para poder “culturizar al pueblo”, lo cierto es que parece que cada vez tenemos una preparación más deficiente. Siendo tantos y tan modernos los medios para expresarse, uno tiene la impresión de que la clase intelectual ha menguado sensiblemente: hay muy pocos intelectuales y es muy poca la labor de verdadera levadura para la creciente culturización del pueblo.

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