Amor compartido

Publicado por el jun 3, 2016

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Escribir sobre el amor no es fácil porque es un sentimiento en el que las palabras no son capaces de fijar la idea que nos ronda por la cabeza. Por eso, permítanme que para exponerles mi pensamiento me ayude de dos sucesos reales que me contaron, en los que la protagonista, en cada uno de ellos, era una Misionera de la Caridad.

Por si alguien no lo sabe, ésta es una congregación religiosa católica fundada en 1950 por la Madre Teresa de Calcuta, en la cual, además de prometer cada misionera pobreza, castidad y obediencia, hay un cuarto voto que es dedicarse por entero y de todo corazón a “los pobres más pobres de entre los pobres”. Lo que dicho en lenguaje llano y claro podría calificarse como la “escoria humana”.

En el primer suceso, está involucrada la propia Madre Teresa de Calcuta y tiene que ver con la asistencia que prestó a un enfermo cuando estaba a punto de abandonarlo la vida. A pesar del nauseabundo aspecto del moribundo, la Madre Teresa lo fue limpiando, aseando y asistiéndolo en su último momento con tanto amor que las últimas palabras que pronunció fueron aproximadamente: viví toda mi vida como un perro, pero muero como un ser humano.

El segundo sucedido tiene que ver con una Misionera que, a pesar de su juventud, lleva ya unos años dedicada a su admirable misión. Durante una visita de sus familiares a su Misión, la joven Misionera les fue presentando a sus padres a los pobres y enfermos que tenía a su cargo. De un rincón alejado, emergió de la penumbra un enfermo mayor, muy desgastado por la vida y lleno de tatuajes, que se acercó renqueante hasta ellos ayudado por un cayado, y extendiéndoles la mano para chocarla con las suyas les dijo “gracias infinitas por su hija”.

De ambas anécdotas, me interesa destacar, como no podía ser de otro modo, la constante lección de entregar amor que nos dan –sin buscar más aprobación que la de su propia conciencia-, las Misioneras de la Caridad. Pero también el efecto maravilloso que produce el amor que ellas reparten. Y es que los “excluidos de todo” que lo reciben dan rienda suelta, a su vez, a un sentimiento –tal vez arrinconado en lo más íntimo de su corazón- de afecto, de inclinación y, en definitiva, de amor hacia sus cuidadoras.

Es así cómo, gracias al amor profundo de estas heroínas, los desheredados hasta casi de la condición humana misma, llegan a transformar su legítima rabia contra la vida en amor y gratitud hacia ellas. De tal suerte que los lugares en donde habitan conjuntamente las Misioneras y sus pobres de solemnidad se conviertan en sedes envueltas en una emocionante atmósfera de “amor compartido”.

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