Nuevos hechos, vieja política

Publicado por el abr 12, 2016

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Desde mediados del siglo pasado, nuestra vida ha dejado de ser aquella tranquila y sosegada existencia en la que los cambios que traía el progreso acaecían lentamente. Y ha cambiado para convertirse en una sucesión tan vertiginosa de hechos generalmente asombrosos que no tenemos ni siquiera tiempo para sentir reposadamente admiración, extrañeza, espanto o varias de estas cosas a la vez, según los casos.

Lógicamente, estos nuevos hechos, que conforman la circunstancia vital de todos nosotros, van cambiando, transformando, la realidad, y nos exigen un notable esfuerzo de adaptación que suelen soportar mejor los más jóvenes. Pienso sobre todo en los avances imparables de la tecnología desde La generalización de Internet y la telefonía móvil y demás aparatos portátiles.

Me atrevo a asegurar que, en lo estrictamente individual, el hombre medio de hoy que habita en el primer mundo consigue responder de manera satisfactoria a los nuevos retos que le plantea la vida moderna. Agotada, como decía antes, su capacidad de asombro, se limita a aceptar lo que se le viene encima y ayudado por los que mejor se adaptan a la nueva realidad (generalmente los jóvenes de su familia) transita por la vida moderna aunque sea enganchado a los vagones de cola.

Por contraste con lo que se acaba de decir, la política actual parece fuertemente anclada en el pasado. Es verdad que los políticos actuales comienzan a hacer uso de las redes sociales y de los demás medios tecnológicos de que disponen en los tiempos actuales, pero también lo es que siguen ensimismados en la vieja política. Porque la política no es nueva solamente por utilizar las nuevas tecnologías, sino que lo es, en mi opinión, por poner en el centro de sus objetivos el despliegue de una acción que responda los problemas actuales y futuros de la ciudadanía

Hasta ahora la política –y esto es vieja política- ha sido entendida como mera consecución del poder a toda costa. Y si algo se ha puesto de relieve en los más de tres meses trascurridos desde las últimas elecciones generales es que la actividad política de los líderes de los partidos perdedores se ha limitado al objetivo indisimulado de alcanzar la presidencia del gobierno.

Pues bien, los hechos nuevos de los que hablo exigen una acción política también nueva que afronte el reto de hacer frente a los principales problemas que tiene España y que voy a concretar en el ciudadano que se debe formar, lo que afecta al ámbito educativo,  y en sus relaciones con el Estado, lo que concierne a sus deberes y derechos económicos.

En el ámbito educativo, se trataría de formar un nuevo ciudadano mediante un programa educativo integral –libre de las garras ideológicas de los partidos- que lo prepare convenientemente para convertirse en un “ciudadano europeo” que pueda manejarse con soltura –y en igualdad de oportunidades con los demás de otras nacionalidades-en el espacio de las cuatro libertades de la Unión Europea: la libre circulación de personas, de servicios, de mercancías, y de capitales.

Y en el ámbito de las relaciones económicas del nuevo ciudadano con el Estado, hay que profundizar en el hecho de que conviene ajustar los gastos públicos incentivando la cultura del esfuerzo y no la de la subvención. Los nuevos tiempos, caracterizados por la “maquinización” del empleo y la consiguiente sustitución de esos puestos de trabajo “amortizados” por la tecnología por otros nuevos con mayores exigencias, en lugar de incitarnos a fomentar la cultura prestacional, obligan a destinar los recursos suficientes para la formación constante de los trabajadores para que puedan acceder a los nuevos empleos.

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