“Cinco esquinas” de Vargas Llosa

Publicado por el Mar 22, 2016

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En el casi año y medio que vengo asomándome a esta ventana, he dado pistas suficientes a mis lectores para que puedan conocer mis capacidades y, hasta si me apuran, saber más o menos cómo pienso sobre muchos temas. Pues bien, estoy seguro de que no me consideran con especiales capacidades para la crítica literaria, razón por la cual no suelo escribir mis impresiones sobre la lectura de las novelas que caen en mis manos. Lo hago solamente cuando espero mucho de una obra, pero recibo menos. Me sucedió con la “Chica del tren” y me acaba de ocurrir con “Cinco esquinas” la última novela publicada hasta ahora por el premio Nobel hispano peruano Mario Vargas Llosa.

Acabo de finalizar su lectura y, a pesar de la admiración que le profeso, debo confesar que “Cinco esquinas” me satisfizo menos de lo que esperaba. A un premio Nobel, hay que exigirle muchísimo, como a una gran figura de cualquier otra actividad artística. Y así como cuando las grandes figuras no alcanzan lo que se  espera de ellas, el público les muestra su desaprobación, de la misma manera a un novelista que alcanza la cima del premio Nobel cuando no escribe su mejor obra, lejos de adularlo, hay que recordarle que puede darnos mucho más.

“Cinco esquinas” es una buena novela, como no podía ser de otro modo, pero no la que debe escribir un premio Nobel en el punto culminante de su madurez. El tema de fondo con el que se enfrenta, la instrumentación del periodismo amarillo por el poder como arma de laminación de los rivales políticos, tiene tanta envergadura que se resiste a ser tratado sin la debida profundidad y menos aún aderezándolo con el recurso fácil de unos ingredientes de sexo lésbico y tríos, que le hacen perder gran parte de su relevancia.

Con todo, debe resaltar que hay un capítulo en la novela que, en mi opinión, está a la altura de su autor. Me refiero al XX, titulado “Un remolino”. En él Vargas Llosa, con su habitual maestría, enlaza sucesivamente diálogos entre los distintos personajes, en una secuencia de escenas independientes que suceden en distintos lugares, que van situando al lector en lo que pasa simultáneamente con cada uno de los personajes que intervienen en la trama.

Mientras leía este capítulo estuvo a punto de desaparecer el mal sabor de boca que hasta ese momento me estaba dejando la novela. Pero no fue suficiente para hacerme olvidar todo lo anterior, y no sería sincero si no dijese que el balance final de la obra es que no rebasa el nivel que cabe exigir a nuestro premio Nobel.

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