Sinceridad y veracidad

Publicado por el mar 17, 2016

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Muchos de ustedes, y seguramente más de una vez, habrán oído a alguien atribuirse, sin dudarlo, la virtud de la sinceridad, presentándose seguidamente con ello como una persona que dice siempre la verdad. Pero ¿es lo mismo ser sincero que decir la verdad?

La respuesta es menos sencilla de lo que parece, porque, si nos atenemos a su significado gramatical, ambas palabras, sinceridad y veracidad, vendrían a significar lo mismo. En efecto, el Diccionario de la Lengua de la RAE, al fijar el significado de la palabra “sinceridad”, señala: “sencillez, veracidad, modo de expresarse o de comportarse libre de fingimiento”. Es decir, que nuestra Real Academia considera la palabra sinceridad como sinónimo de veracidad.

Pero no quedan aquí las cosas, ya que al definir el término “veracidad”, el Diccionario indica: “cualidad de veraz”; “veraz” significa “que dice, usa o profesa siempre la verdad”; y, finalmente, “verdad” es, según sus dos primeras acepciones: “conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente” y “conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa”.

Con lo cual, si la verdad es, como parece, un concepto gramaticalmente subjetivo en el sentido de que depende de la mente del sujeto en cuestión, y la verdad es bien la conformidad de las cosas con el concepto que éste se forma de ellas, o bien la conformidad de lo que éste dice con lo que siente o piensa, decir la verdad y ser sincero viene a ser lo mismo. Y ello porque, según la RAE, el que habla de las cosas según el concepto que se forma de ellas o dice lo que piensa de ellas es sincero y al mismo tiempo veraz.

Sin embargo, a poco que pensemos, el sincero lo único que puede decir es “su” verdad, la cual no tiene por qué coincidir con la verdad entendida en el sentido de “adecuación entre una proposición y el estado de cosas que expresa”.

Ortega y Gasset en “Algunas notas”, artículo publicado en Faro, el 9 de agosto de 1908, escribió “la posibilidad de resistir el rigor técnico es para mí el criterio de la veracidad, cosa ésta de muchos más quilates que la mera sinceridad”. Afirmación que podría completarse con aquella otra de nuestro nobel Camilo José Cela de que “lo malo de quienes se creen en posesión de la verdad es que cuando tienen que demostrarlo no aciertan ni una”.

Por lo expuesto, convendría que, si alguna vez nos atribuimos la siempre vaporosa virtud de la sinceridad, no pretendamos que se nos tome por personas que decimos lo que pensamos o sentimos. Y todo ello sin olvidar el cártel que tengo colgado en casa, del que ya hablé alguna vez, que dice: “el sabio no dice todo lo que piensa, pero piensa todo lo que dice”.

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