Amar a España

Publicado por el mar 7, 2016

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Pocos temas hay más comprometedores para un artículo que el de amar a España. Ni siquiera el título suscita asentimiento: en lo de amar no creo que esté el debate, sino en la realidad amada, España. Cuantitativamente somos bastantes más los que amamos a España que los que sienten indiferencia o la odian. Como a los que sienten odio los doy por perdidos, voy a dirigirme a los que queremos a nuestro país y a los indiferentes por si alguno de estos últimos quisiera pasarse a nuestro lado.

Y lo hago aquí y ahora, porque nuestra querida España no pasa por buenos momentos, ya que, al confesado desamor de los secesionistas catalanes, se acaba de sumar recientemente la aversión manifestada por Arnaldo Otegui.

Pues bien, en esto del amor, hay tantos gustos como personas, razón por la cual, por muy bueno que fuese lo que escribiera –que obviamente no lo es-, nunca sería del gusto de todos, con lo cual  después de escribir esta reflexión, tengo para mí que la situación empeorará indefectiblemente. ¿Por qué seguir entonces escribiendo? Simplemente porque el silencio puede ser interpretado en el sentido de que solo hay un modo de amar a España y de que hemos encargado a otros que nos digan cuál es esa única manera de querer a nuestra tierra.

Por eso, aun a riesgo de suscitar opiniones contrarias -pero en todo caso legítimas,- si opto por hablar de mi manera de amar a España es para que no sean otros quienes lo hagan por mí.

Amar es tener amor y amar a España es sentir afecto, inclinación y entrega a la vieja Nación del mismo nombre con varios siglos de historia. Dos son, por tanto, los puntos sobre los que ha de construirse esta reflexión: qué grado de entrega requiere ese sentimiento, y qué hemos de entender por España. Pero para expresar más claramente mi pensamiento voy a invertir el análisis de ambos extremos, porque la naturaleza del amado, España, influye en el tipo de amor.

España no es un ser humano, es mucho más: somos todos los que hemos nacido en esta maravillosa tierra desde que comenzó a ser hasta nuestros días. Se trata, por tanto, de una comunidad humana temporalmente proyectada en lo que fue, en lo que es y en lo que será. Amar a España supone, pues, sentir afecto por nuestros antepasados y nuestros coetáneos (excluyo a los vendrán porque no es posible querer a quienes todavía no existen).

Y hay que quererlos enteramente, tal como fueron y como son, porque todos los de hoy somos herederos de los que nos precedieron. Ser español es portar la orgullosa enseña de asumir lo que tenemos en nuestro ser proveniente del pasado, agregándole lo que hemos absorbido en el tiempo que nos ha tocado vivir en nuestra tierra. Y en todo ello está indefectiblemente presente el espacio natural, la tierra, en que habitamos: es el cosmos común que han ido poblando los que nos precedieron, del que estamos disfrutando los que vivimos el momento presente y que tenemos que mantener para los que han de venir.

En cuanto al tipo de amor, siendo la capacidad de amar del ser humano infinita no caben las posturas excluyentes. Cuando se trata de amar a una realidad como España, cada uno de sus amantes entiende el amor a su manera y no está escrito quién decide si el amor es suficiente o verdadero. España puede ser amada además con una intensidad ilimitada, porque no es cierto que querer mucho a alguien implica indefectiblemente que quede poco amor para lo demás. El amor a España del que hablo es generoso y sublime, y si sumamos el de todos es tan inmenso como se merece nuestra querida Nación.

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