El cine, la cultura y los premios Goya

Publicado por el Feb 8, 2016

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La obra cinematográfica se puede describir como una creación del intelecto expresada mediante una serie de imágenes asociadas, con o sin sonorización incorporada, destinada a ser mostrada generalmente a través de aparatos de proyección o de visión para que pueda ser percibida por nuestros sentidos de la vista y el oído. En tanto que obra del espíritu, la obra cinematográfica es una subespecie de las obras artísticas, las cuales, junto con las literarias y las científicas, forman la famosa tripartición de las obras del espíritu humano: obras literarias, artísticas o científicas.

A lo que antecede cabe añadir que en la obra cinematográfica, al contrario de lo que sucede otras de las bellas artes como las de la arquitectura, la escultura, la pintura, etc., figuran elementos, principalmente literarios y musicales, que hacen  de la creación cinematográfica una obra de colaboración en la que participan varios autores diferentes. 

De lo que antecede se desprende que no puede discutirse seriamente que el cine es un fenómeno cultural, es decir, representa, como género, un conjunto de obras artísticas que expresan los modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc. Y, aunque no debería hacer falta recordarlo, tampoco puede contenderse sobre que la cultura no se agota en el cine. El cine es cultura, pero la cultura excede con mucho al fenómeno cinematográfico. Más aún: si me apuran, la cultura está compuesta por mucho más que no es cine que de él.

Viene esto a cuento porque, cada año, en la ceremonia de entrega de los premios Goya, los profesionales del mundo de las obras audiovisuales reclaman para la industria del cine un tratamiento público “privilegiado”, alegando como argumentación esencial que el cine es cultura. Y lo hacen aprovechando que su industria dispone de una plataforma de comunicación anual de amplia repercusión pública, como son los citados premios, de la que carecen otros ámbitos culturales que no son tan bien tratados por el Estado como el sector del cine.

En efecto, los integrantes de esa industria deberían tener en cuenta que en otros sectores, como el de la literatura o las artes plásticas, las empresas editoriales o las galerías de arte no reciben por ley, al contrario que el cine, subvenciones públicas para financiar la publicación de las obras ni las exposiciones de los cuadros o esculturas. Y para su financiación tampoco gozan del apoyo obligatorio de las televisiones, ni les dan ayudas públicas por el número de ejemplares vendidos. Es decir, que puestos a considerar las cosas con objetividad los pertenecientes a esto dos ámbitos, que son tanto o más culturales que el cine, soportan el mismo tipo del IVA y no reciben ni las ayudas ni las subvenciones de la industria cinematográfica.    

Y es que en el mundo mercantilizado en que vivimos, en el que se comercia con todo y casi todo está en el comercio, no hay actividad profesional o empresarial que no esté expuesta al riesgo. La obra cinematográfica depende, como las obras de la literatura, del gusto del espectador y, por tanto, su éxito consiste en ganarse su favor. Con todo, la obra cinematográfica es una obra cultural muy “ayudada” por el Estado. Lo que nadie puede asegurarles es que no soporten las pérdidas por la misma razón que intentan quedarse con las ganancias cuando las obtienen. Es la dura ley del mercado.

Para finalizar solo quiero subrayar el “ensordecedor silencio” que guardó todo el mundo en la entrega de premios sobre los fraudes millonarios en la falsificación de las recaudaciones por taquilla. No deja de sorprender que no se hubiera dicho ni una sola palabra sobre el asunto en un sector tan crítico y reivindicativo con la decencia de los demás.

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