Respeto al adversario y violencia

Publicado por el dic 17, 2015

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Durante los últimos treinta y siete años, los ciudadanos nos fuimos habituando al juego dialéctico de la democracia parlamentaria. A la sorpresa inicial que pudo producir en el ciudadano medio el hecho de que todo lo que hacía o proponía el partido en el Gobierno era sistemáticamente criticado por la oposición, siguió una época en la que se fue asentando un “orden democrático” en el que acabamos acostumbrándonos a la “dialéctica crítica”, a veces exacerbada, entre la mayoría gobernante y la minoría de la oposición, pero sin perderse nunca el respeto.
Sin embargo, en lo que va de legislatura el nivel de crispación entre los partidos y ciertos medios de comunicación ha ido creciendo  tanto que se puede afirmar que hay dos grupos, nítidamente conformados, de ciudadanos, cada uno de los cuales “se informa” exclusivamente a través de una determinada fuente “audiovisual”.
Así, mientras unos sólo oyen unas emisoras radio determinadas, leen periódicos afines y ven las cadenas de televisión próximas al partido en el Gobierno, otros sólo escuchan las emisoras, leen los periódicos y ven las cadenas cercanas a las tesis de la oposición. Y aunque es cierto que anteriormente también existía esta suerte de bipolarización, lo característico de nuestros días es el progresivo aumento de los que se alinean en uno u otro bando y su respectiva “radicalización”. De tal suerte que hoy los ciudadanos de cada uno de estos dos grupos solamente escuchan lo que le “comunican” los suyos, despreciando ab initio la versión de los contrarios.
Lo que antecede implica que va decreciendo el grupo -ya de por sí minoritario- de los que desean recibir más información que opinión y que aquélla esté lo menos “adulterada” posible. Este grupo de ciudadanos, que también tiene preferencias sobre las fuentes de información, se diferencia de los otros dos en que son capaces de oír, ver y leer, sin prejuicios, los distintos medios de comunicación presentes en nuestro mercado.
Pues bien, hoy una buena parte de nosotros, sea cual sea el grupo al que pertenezcamos, estamos desconcertados: percibimos que un mismo hecho es relatado de manera muy diferente según cuál sea el partido político y el medio de comunicación de que se trate. Los de los dos grupos “radicalizados”, al creer firmemente cada uno en su propia versión, consideran “falsa y partidista” la del contrario. Y los que carecen de “prejuicios”, al ser tan diversas las dos versiones, tienen también muy complicado llegar a conocer la realidad de lo sucedido. Va desapareciendo así progresivamente la avenencia de la transición, que es sustituida por la creciente “discordia” de los grupos radicalizados, que exageran y deforman su versión de los hechos, poniendo sobre ellos el “cristal de aumento” de su intransigente ideología.
Por si lo que antecede fuera poco, en la actual campaña electoral hemos asistido a un espectáculo insólito en el debate “cara a cara” que mantuvieron el Presidente del Gobierno y el líder de la oposición. En efecto, el señor Sánchez actuó con tales dosis de agresividad que llegó a insultar grave y reiteradamente al Presidente del Gobierno. Si el ansia y la urgencia por alcanzar el poder es tanta que se opta por abandonar el imprescindible respeto al adversario, el concernido debería tener presente que su conducta puede acabar generando violencia sobre todo en las personas más radicalizadas como pudo haber sido el caso del menor que agredió físicamente a nuestro Presidente del Gobierno.

 

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