La cacería en la red de opiniones divergentes

Publicado por el Dec 13, 2015

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De todos es sabido, que nuestra Constitución asegura la libertad de expresión, al disponer que todos tenemos el derecho a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción. Sabemos también que nuestra Carta Magna establece que el ejercicio de la libertad de expresión no puede restringirse mediante ningún tipo de censura previa. Y, finalmente, conocemos que esta libertad solo tiene como límite el respeto a los otros derechos fundamentales con los que pueda llegar a colisionar.

Pues bien, este nítido andamiaje jurídico que sostiene la libertad de expresión empieza a ser corroído por una especie de censura a posteriori que tiene lugar en la cacería organizada en la red de ciertas opiniones libres que podrán ser discutibles, pero que no colisionan con ningún otro derecho fundamental de terceros.

En efecto, desde hace algún tiempo se ha establecido una especie de cacería en la red en la que partidas de cazadores, generalmente camuflados bajo el ropaje del anónimo, se lanzan a perseguir opiniones ajenas lícitas para cobrarlas y mortificar sin piedad a los autores de las mismas.

La jauría está integrada por sujetos que se consideran “heraldos de la verdad” y que son una legión de amargados, intransigentes, y hasta ventajistas a sueldo que buscan sacar réditos, generalmente de tipo político, del “escándalo” generado en la red cuando el que está implicado es del partido adversario.

Las “piezas a cobrar” son las opiniones ajenas consideradas políticamente incorrectas, esto es, pensamientos que siendo perfectamente lícitos, porque no lesionan derechos de terceros, no se consideran, sin embargo, correctos, porque divergen de lo que se considera lo que el común de los ciudadanos debería pensar.

Y las “armas” son las críticas feroces, compuestas más por insultos que por contra argumentos, que se vierten en las amplias avenidas de la red para “capturar”, primero, a la opinión disidente, y para desterrar, después, al infierno vergonzante de lo políticamente incorrecto al atrevido opinante.

Por último, los “espectadores” de tan singular cacería somos la mayoría silenciosa que visitamos la red y que permanecemos cobardemente pasivos ante la depredación que lleva a cabo la minoría activa de esos cazadores de opinión que están dispuestos a esquilmar el maravilloso océano de los pensamientos discrepantes.

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