Reacciones ante la excelencia

Publicado por el dic 11, 2015

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En el momento de nuestra concepción, quedan aleatoriamente determinados los elementos espirituales y físicos de lo que somos como seres humanos. Sin que se sepa por qué –aunque influyan indudablemente factores genéticos-, nacemos más o menos buenos, poco o muy inteligentes, con simpatía o sin ella, sanos o enfermos, altos o bajos, guapos o feos, etc. Y todo ello sin que nadie nos pregunte, no ya si queremos nacer, sino si deseamos hacerlo tal y como hemos quedado proyectados en ese momento azaroso e incierto en el que comenzamos a existir.

Consecuencia de lo anterior es que cada uno de nosotros es absolutamente singular y diferente al resto de sus congéneres, disparidad que suele acrecentarse en función de otros factores, también incontrolables para cada concebido, como el de nacer en una familia rica o pobre, bien estructurada o no, y otros de similar naturaleza.

El resultado de todo ello es que hay individuos que han sido tan agraciados en el sorteo de la vida que les ha tocado todo: son buenos, inteligentes, simpáticos, altos, sanos, guapos, ricos, y con una familia modélica. Es decir, son seres que lo tienen todo. Y a poco que eviten malgastar su patrimonio intelectual, físico, familiar y económico, los demás ciudadanos admitiríamos, y mucho más si logran acrecentarlo, que estamos ante seres dotados de “excelencia”.

La indicada excelencia puede ser global, como sucede en la hipótesis descrita en las líneas que anteceden, o parcial cuando solamente se alcanza en algunos de los factores señalados, como la inteligencia, la forma de ser, el aspecto físico, etc. En este último caso, que es en el que nos hallamos la mayoría, no somos más que seres con algunos dones, pero que no son suficientes para que dejemos de ser mediocres, esto es, de calidad media o baja. Por razones de espacio, voy tomar como prototipo para el resto de mi reflexión al ser que he calificado con “excelencia global”.

Pues bien, ¿cómo solemos reaccionar los demás ante los que son globalmente excelentes? Por lo general, las personas que lo tienen todo suelen provocar, de entrada, sentimientos de admiración. Como el ser humano vive comparándose constantemente con sus congéneres, a poco que sea objetivo se verá sobrepasado claramente por el excelente: es mejor en todo. Así que, ante la innegable superioridad del excelente, lo más probable es que los del montón nos sintamos inicialmente impresionados.

Pero ¿se quedan ahí las cosas? Me gustaría poder decir que sí. Sin embargo, no sería sincero si respondiese afirmativamente. Habrá quienes dotados de un espíritu generoso, reaccionen, primero, con admiración, y, seguidamente, con deseo de sana emulación.

Mas, por desgracia, creo que será mayor el número de los que pronto conviertan la admiración en odio, rencor y, por supuesto, en envidia entendida como “tristeza o pesar del bien ajeno”. Y claro, como no logramos identificar al responsable de la excelencia ajena y de nuestra propia mediocridad, dirigimos nuestro resentimiento contra el excelente que solo tiene la culpa de seguir siéndolo.

¿Se puede hacer algo para contener la envidia mala? Pienso que sí. No soy tan ingenuo como para esperar que se conviertan en espíritus generosos quienes no lo son, pero creo que verían aliviada su envidia si enfocaran bien el objetivo de sus iras: el excelente no es culpable de serlo. De haber un culpable lo es el sinsentido de la vida que, por si fuera poco, es invariable, así que les propongo sustituir la envidia por la resignación y tratar de que cada uno, lejos de preocuparse por los inalcanzables excelentes, trate de sacarle el máximo partido al conjunto de cualidades y dones que ha recibido.

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