La ternura de las madres generosas

Publicado por el Nov 24, 2015

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Seguramente, casi todos ustedes convendrán conmigo en que la ternura es parte integrante del amor. Están en tan estrecha relación que Fernando Savater ha escrito que “el amor sin ternura es puro afán de dominio y de autoafirmación hasta lo destructivo. La ternura sin amor es sensiblería blanda incapaz de crear nada”. Lo que ocurre es que hay tantas clases de amor que cabría preguntarse si la ternura forma parte de todos los tipos de amor o solo de algunos.

La frase de Savater parece referida al amor de pareja, y considera tan relevante la correspondencia recíproca entre ambos que la falta de uno de ellos en el otro lo convierte en un sentimiento diferente: el amor sin ternura se convertiría en puro afán de dominación y ésta sin aquél en blanda sensiblería.

Es muy difícil negar que en un sentimiento tan misterioso como el amor de pareja no tenga cabida la ternura. Y justamente porque en este tipo de amor la pasión desempeña un papel tan relevante, no deja de tener razón Savater al considerar la ternura como un ingrediente que “suaviza” el afán de dominio propio de la pasión (según el sudafricano Piet Joubert “la ternura es el reposo de la pasión) y que sola puede desembocar en sensiblería blanda.

En lo que no tengo ninguna duda es que la ternura existe a raudales en el amor materno. Así lo entendía Balzac cuando escribió “jamás en la vida encontraréis ternura mejor, más profunda, más desinteresada ni verdadera que la de vuestra madre”, lo que seguramente se explica porque, como dijo el escritor argentino José Narosky, “en el pecho materno absorbemos ternura para toda la vida”.

Y es que la ternura anida en el amor materno más confortablemente que en cualquier otro lugar porque este tipo de amor está enteramente impregnado de generosidad. La madre generosa ama a su prole con tanto desprendimiento que antepone el interés de sus hijos al suyo propio. Por eso, se podría decir que para una madre lo excesivo en amor es todavía poco. Y concluir con Paolo Montegazza que “el corazón de una madre es el único capital del sentimiento que nunca quiebra, y con el cual se puede contar siempre y en todo tiempo con seguridad”.

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