Higos desabridos

Publicado por el nov 17, 2015

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Seguramente a lo largo de su vida él vio muchas higueras, pero de todas ellas hubo dos que le resultaron especiales y cada una de ellas con suerte dispar. La primera la había plantado en su finca de Galicia cuando todavía era un arbusto y con el tiempo se fue convirtiendo en una higuera tan frondosa que tenía que podarla casi anualmente para que no dificultara la maravillosa vista al mar de la que disfrutaban sus vecinos. La otra estaba en la finca contigua a la suya en una urbanización a las afueras de Madrid y también tenía abundantes ramas y hojas. Las dos tenían una gran apariencia, pero entre ellas había algo que las diferenciaba sensiblemente.

La de Galicia daba unos higos eran tan apetitosos que cuando ya estaban maduros o a  punto de estarlo él y los pájaros se los disputaban. Y si se descuidaba y tardaba solo un día en recolectarlos, los mirlos y las demás especies se le adelantaban y acababan picoteando los más maduros de los que dejaban solamente los tallos.

Con la higuera que estaba a las afueras de Madrid las cosas eran diferentes. Tras pasar, como todas las higueras, el invierno sin hojas ni frutos, al comenzar la primavera comenzaban a surgir los brotes de las hojas lo mismo que en todos los árboles de hoja caduca de aquella urbanización. En esa época, le salían también los higos que iban creciendo hasta que entre agosto y septiembre tornaban de verdes en morados hasta que se suponía que habían llegado a la madurez. Pues bien –y esto era lo singular- los numerosos pájaros que pululaban por aquel entorno, no probaban los higos, los cuales quedaban intactos. De suerte que al empezar cada otoño la higuera iba perdiendo las hojas pero los higos seguían colgados hasta que mermados caían al suelo.    

Como quiera que alguna rama de esta higuera rebasaba la linde de su parcela y alguno de sus higos caían en su finca, decidió coger del suelo alguno de ellos para examinarlo atentamente. Nada más tomarlo en sus manos se dio cuenta de que apenas pesaba y al abrirlo observó que su parte carnosa estaba prácticamente seca. Y pensó que eran higos tan desabridos que ni siquiera servían para los pájaros.

Sin saber muy bien por qué, una fría mañana de otoño, mientras oía sentado en una hamaca versiones sinfónicas de música de películas, pensó que los humanos somos como las higueras. Todos parecemos iguales porque solemos ocuparnos de mantener una apariencia aceptable. Lo que nos distingue, como a las higueras, son los higos: los hay  que son tan apetitosos que gozan de general aceptación, pero hay otros que son despreciados porque están secos y son poco carnosos.

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