Superar la división familiar en Cataluña

Publicado por el oct 8, 2015

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Desde hacía algún tiempo venía preguntándome qué porción de nuestra personalidad ocupa la ideología o, dicho con otras palabras, qué peso tiene el ideario de cada uno en su forma de ser. En realidad, lo que me preocupaba era si la ideología podía tener tanto peso en la identidad de cada sujeto como para impedir ella sola la convivencia pacífica entre los miembros de la familia.

Desde las pasadas elecciones autonómico-plebiscitarias del 27 de setiembre en Cataluña, esta idea se concretó en cómo habría afectado a las familias catalanas la postura personal de cada uno de sus miembros sobre la secesión planteada por los independentistas.

No hace falta ser muy agudo para aventurar que la bipolarización de los votos tuvo que generar una fuerte división en el seno de muchas familias. Y como la posición de cada votante sobre la independencia es fruto de la ideología de cada uno, la confrontación entre unidad o independencia, lejos de ser racional, debió adquirir los tintes emocionales de toda pasión. Lo cual tuvo que provocar posturas irreconciliables en muchas familias de Cataluña.

Llegados a este punto la preguntas surgen por sí solas: ¿es tan decisivo el peso de la ideología como para dividir a los miembros de una familia? ¿No se podría recurrir a otros elementos de la personalidad y anteponerlos a esas pasiones separadoras? ¿Hay alguna manera de templar estas vehemencias políticas?

No tenía nada claro qué respuesta habría de darse a cada una de estas preguntas hasta que ayer vino en mi ayuda una película, titulada EL HIJO DEL OTRO, de la directora francesa Lorraine Levy. En este film se cuenta, con el conflicto árabe-israelí de fondo, la historia de un intercambio por error de dos bebés al nacer: uno, israelita que se cría con la familia palestina del otro y el otro, árabe que convive con la familia israelita del primero. Al cabo de 18 años se descubre el error y cada familia se enfrenta con el hecho de tener un nuevo hijo del “lado contrario”.

Pues bien, en dicha película, en un ambiente tan enconado como el palestino-israelí, las diferencias, que parecen en un principio insalvables, se van superando a través de una doble vía: la del amor, que casi siempre es infalible, y la de poner las pasiones políticas por detrás de todas las demás facultades del alma. Gracias a ello se consigue que cada parte opte por ganar una familia en lugar de perder, por el odio, a algunos de sus miembros.

No me parecen malas recetas para tratar de superar las indeseables divisiones que a buen seguro provocó en numerosas familias catalanas el insensato de Artur Mas con su disparatada propuesta política de independizar Cataluña. Seguramente, quedará todavía mucho por hacer, pero rebajando el peso de la ideología y recordando todo lo que los une, es de esperar que las familias en las que hubo divisiones conseguirán cicatrizar con el tiempo las heridas que abrió la reciente consulta sobre la secesión de Cataluña.

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