No hay universidad como la vida

Publicado por el Aug 17, 2015

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Permítame, estimado lector, que reproduzca textualmente un corto pasaje de mi primera novela LA NIÑA DE GRIS. Es parte de una conversación que mantienen, en la plaza principal de Cée, Tomás, un limpiabotas de 87 años, y José Varela, el protagonista principal. El diálogo es el siguiente:

-“¿No le gustaría dejar de trabajar? –preguntó José, orientando la conversación hacia cuestiones más personales.

-Poder, podría, porque tengo a todos mis hijos colocados y me insisten en que deje de trabajar, pero no les hago caso. No soy de los que trabajan por dinero, sino porque me gusta estar ocupado y hacer lo que hago, por raro que pueda parecerle.

-La verdad es que no es fácil de creer que a alguien le pueda gustar el oficio de lustrar zapatos…-dijo José con la mayor suavidad posible, intentando que no le molestaran sus palabras.

-Por lo que acaba de decir veo que usted es uno más de los muchos que sólo reparan en el hecho de que limpiamos zapatos. Los que opinan como usted, y se lo digo con todo mi respeto, se olvidan de que entramos en contacto con mucha gente, de todo tipo, y de que la gran mayoría, como le está ocurriendo a usted, suele hablar con nosotros mientras prestamos el servicio. Gracias a eso, yo que no tengo ningún estudio, he podido aprender muchas cosas. Y es que, sin que sea presumir, yo le he lustrado a gente muy importante. Aunque le parezca mentira, cuando estuve haciendo la mili en Ferrol se los limpié a Franco, antes de ser el Jefe, y a bastantes almirantes, que llevaban sus uniformes azul marino repletos de bordados en oro, y al escritor don Gonzalo Torrente Ballester. Aquí en Cée, por citarle solo a algunos, a don Fernando Ortega (seudónimo de don Alejandro Lastres), a don Benigno Mayán, a don Francisco Leis, a don Argimiro Guillen Cereijo, a don Perfecto Castro Canosa… todos ellos grandes personalidades que me enseñaron muchas cosas. ¿Cree usted que si yo no fuera limpiabotas iban a pararse a hablar conmigo?

José se quedó perplejo. Una vez más tenía la sensación de haber recibido una lección de quien menos lo esperaba… (omito una parte del pasaje para no alargarme)

-Mire, don José, de las enseñanzas que me han dado mis ochenta y siete años de vida me quedo con tres. La primera es que la mayor parte de nuestra vivida la vivimos ignorando lo que nos espera, porque nadie nos lo dice. La segunda es que cuando van quedando atrás las etapas por las que pasa nuestra vida, nos dedicamos a lamentar no haber sabido saborear y disfrutar a tiempo todo lo bueno que nos fue deparando cada una de ellas. Y la tercera es que nadie se muere un segundo antes de su hora. Por eso, si tuviera que hacer un resumen de lo que es la vida, le diría que es, en buena parte, un continuo lamento por las ocasiones perdidas que nunca volverán”.

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