De las asambleas de Facultad a la gestión de las entidades locales

Publicado por el Aug 14, 2015

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Tengo el inmenso privilegio de llevar viviendo una gran parte de mi vida muy estrechamente relacionado con la Universidad. Y me siento en el deber de afirmar que jamás podré saldar la deuda que tengo con tan generosa institución. Si como dice nuestro refrán “cada cual habla de la feria como le va en ella”, yo no puedo decir de la Universidad más que cosas positivas. Bien entendido que, aun siendo la misma institución, tengo mayor aprecio por la Universidad de mis primeros años que por la de ahora.

Estoy dispuesto a admitir que soy yo el único culpable de haberme desenamorado paulatinamente de aquel templo del saber en el que durante años me fui haciendo “a fuego lento” como persona y como profesor. Y si escribo hoy sobre la Universidad que tuve la fortuna de vivir, es únicamente para intentar explicar, arrancando desde mi experiencia personal de entonces, alguna de las claves de la política actual.

Cuando comencé a estudiar Derecho en octubre de 1965, la Universidad ya estaba politizada, pero no mucho. Todavía estábamos en pleno franquismo y, debido a la arbitrariedad propia de los regímenes autocráticos, el poder daba de vez en cuando algunos coletazos que caían casi siempre sobre los mismos: los estudiantes que militaban en los partidos de izquierda (sobre todo, comunistas y demás formaciones marxistas).

Por entonces, la gran mayoría del alumnado era silenciosa y acogía con expectación cualquier iniciativa de aquellos compañeros que se jugaban su libertad, aun que por poco tiempo porque los soltaban enseguida.

Durante mis primeros tiempos de profesor recuerdo perfectamente cómo a medida que se acercaba el final del régimen de Franco la Universidad hervía en una decidida apuesta por la democracia, siendo desde entonces un gran vivero de donde salieron una buena parte de los políticos que hicieron la transición. Pero no sería justo olvidarse de aquellos otros que, desde las élites profesionales, empresariales y sindicales, dejaron de lado momentáneamente sus lucrativas profesiones y dieron lo mejor de sí para superar el complejo trance en que estaba España.

Pero a partir de la Ley de Autonomía Universitaria (LAU) del ministro Maravall, de primeros de los ochenta, se produjo, en mi opinión, un lento pero progresivo deterioro de la Universidad hasta llegar al modelo actual, en el que por el funcionamiento asambleario de alguno de sus órganos de gobierno han adquirido un peso  excesivo el personal de administración y servicios, y el profesorado no funcionario.

Pues bien, es de esta Universidad de la que han salido una buena parte de los componentes de las nuevas formaciones que acaban de saltar a la arena política. Lo cual explica no solo que carezcan de experiencia de gestión, sino también –y sobre todo- que la única destreza política que poseen es la del manejo de los movimientos asamblearios. Y claro a poco que se piense, entre la pericia que se necesita para manejar esos movimientos y la formación para llevar a cabo una buena gestión política hay una gran brecha que es insalvable incluso con buena voluntad.

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