Vejez y soledad

Publicado por el jul 27, 2015

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Con motivo del día de los abuelos, que tuvo lugar ayer domingo, ABC.es publica, en un artículo titulado “La soledad de las mujeres que sobreviven a los hombres”, las siguientes palabras de una mujer de 90 años “Llevo una vida muy triste. Mis amigas han muerto todas y la soledad me mata. A mi me gusta salir, ir al teatro, al cine … y como no tengo con quien es como estar en la cárcel”. Declaraciones como ésta ponen de relieve que, a pesar de que caminamos imparablemente hacia una sociedad de longevos, no nos vamos preparando para la llegada de la alevosa soledad de la vejez.

Desconozco la razón, pero éste es un tema que me lleva preocupando desde hace algunos años. Y, por eso, me permito reproducir el artículo que publiqué en La Voz de Galicia el domingo 9 de marzo de 2008, titulado “Acompañarse de uno mismo para mitigar la soledad”. Hoy las palabras de Margarita (así se llama la protagonista de esas palabras) me reafirman en lo que escribí y no puedo añadir nada más:

“A lo largo de su vida, el ser humano pasa por muchos momentos de soledad. Durante la infancia y la juventud, apenas se notan. Pero cuanto más se avanza en el camino de la vida, se van haciendo cada vez más presentes. Pasada la madurez y desde que se pone un pié en el umbral de la senectud, la vida del que sobrevive se  parece cada vez más a un campo de batalla: crece imparablemente el número de bajas, y la soledad del superviviente es parecida a la del último soldado que lleva la bandera blanca de la rendición.

Pero no es fácil prepararse para soportar esa soledad. Sobre todo, porque en la vorágine de la vida moderna suele presentarse a traición. Y no porque no debamos esperarla, sino porque nos parece que siempre llega antes de tiempo. Por eso, no es extraño que nos coja desprevenidos, y cuando así ocurre llega a producir efectos indeseables sobre todo en los espíritus menos fuertes.

Si la soledad de la que hablo viene ocasionada por la progresiva desaparición de nuestros seres más queridos, la solución no creo que pase -o, al menos, no exclusivamente- por afanarse en buscar nuevas personas que vayan sustituyendo en nuestros afectos a las que ya se han ido. Por eso, aunque cada uno puede tener sus propios remedios para afrontarla, me atrevo a sugerir la que para mí es la mejor manera de mitigarla: acompañarse cada vez más de uno mismo.

Pero no basta con decir que debemos acompañarnos cada vez más de nosotros mismos. Es preciso antes averiguar en qué estado se encuentra nuestro espíritu. Porque si está vacío, si carece de vigor y fortaleza, más que compañía lo que haría es producir hastío. La clave está, por lo tanto, en ir conformando nuestro yo interior con tal riqueza de ingredientes que podamos estar a gusto con él durante largo tiempo. Y esto solamente se consigue si lo ejercitamos con actividades intelectuales tan espiritualmente saludables como la reflexión. Porque no parece discutible que dedicar una parte de nuestro tiempo a pensar con detenimiento en los grandes interrogantes que plantea la existencia del ser humano y del universo que lo rodea, ayuda a robustecer el espíritu. Y ello, aunque la conclusión sea que tales interrogantes no tienen respuesta. Y es que, a los efectos de estar acompañado por uno mismo, el resultado de la meditación importa tanto como ejercitar la actividad de meditar: son horas que uno pasa con su yo, sin necesitar la compañía de nadie más.

Pero el espíritu se fortalece no sólo con actividades intelectuales trascendentes, sino también con otras, más lúdicas, como contemplar la naturaleza, leer, oír música y recrearse, en fin, con las demás creaciones del hombre. Una vez que estemos pertrechados de este modo, cuando llegue la alevosa soledad, podremos mitigarla, acompañándonos por el rico y completo espíritu que hemos ido construyendo. Dispondremos entonces de una compañía que no nos fallará nunca y que perdurará hasta el final de la vida.”

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