Historias por escribir

Publicado por el jul 16, 2015

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Por encima de muchas otras cosas, el ser humano es un narrador. Es muy probable que tan pronto como fue capaz de convertir el pensamiento en palabras tuviera la necesidad de expresar lo que sentía. No sería extraño que sus primeros balbuceos denotaran, entre otras cosas, admiración, temor y alegría.

Admiración, ante la inigualable belleza de la naturaleza que lo abrazaba; temor, ante el entorno agresivo y lleno de peligros que lo rodeaba; y alegría por estar dotado con unas facultades intelectuales que fortalecían extraordinariamente su débil cuerpo.

Desconozco cuando descubrió que poseía algo tan sublime como el intelecto. Pero pienso que no tardó mucho en dedicar su mente a la tarea de narrar a sus congéneres lo que veía. Sin duda, hubo de pasar más tiempo hasta dejó volar su imaginación y se dedicó a contar lo que no había sucedido. ¿Qué habrá sentido el primer narrador de ficción? ¿Pensó en algún  momento que era una transgresor al tener la osadía de apartarse de la realidad, haciendo un viaje introspectivo al interior de su mente para contarnos lo que solo él imaginaba? Lo ignoro, pero tengo por cierto que, a partir de entonces, realidad o ficción, o ambas entremezcladas, llenaron páginas y páginas para instrucción y deleite del ser humano.

Lo maravilloso es que todo parece indicar que los narradores están ante una posibilidad interminable de convertir lo vivido y lo imaginado en historias. De lo que ya ha vivido, como quiera que el presente se convierte imparable e inmediatamente en pasado, son aún muchas las historias reales por contar, ya sean lejanas en el tiempo o más cercanas. De la imaginación, que es un verdadero pozo sin fondo, es tanto lo que se puede narrar que la ficción es un género interminable que algunos seres humanos ponen en abundancia a nuestra disposición para deleite y regocijo de nuestro pensamiento.

Es muy posible que el ser humano sea narrador por necesidad. Pero no es algo que haga sin esfuerzo, ya cuente lo que vivió, ya imagine lo que no sucedió, ya entremezcla ambas cosas a la vez. Por eso, quiero que estas líneas sean un modestísimo homenaje a todos los narradores que nos precedieron, a los que se dedican a contarnos historias, y a los que se han de sumar a la fructífera terea de transmitirnos su admiración por la vida, su temor por el entorno hostil que nos envuelve, y su alegría por gozar de la maravillosa oportunidad de disponer del intelecto.

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