Los vaivenes de la nube que soportamos

Publicado por el Jun 27, 2015

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Aunque no la veamos, todos tenemos permanentemente una nube sobre nuestras cabezas. Es lo primero que da a luz nuestra madre en el parto y se posa sobre nosotros tan pronto como nos asomamos al mundo. Está en el primer aire que respiramos, navega por la primera luz que perciben nuestros ojos y flota en los primeros sonidos que escuchamos. Al principio, es más pequeña que la cabeza de un alfiler, pero ve creciendo a lo largo de nuestra existencia, ya que se nutre principalmente de sentimientos, de nuestras alegrías y angustias.

En los primeros años de nuestra vida, la nube apenas pesa, porque está llena de felicidad y ésta es ligera, suave, delicada. Es verdad que, a veces, en alguno de sus rincones, hay pequeñas motas de intranquilidad debidas a travesuras intrascendentes. Pero su peso resulta irrelevante porque mezclada con tanta felicidad apenas se nota.

Es el crecimiento del cuerpo y del espíritu el que va cambiando el contenido de la nube. La malicia que aprendemos de los mayores va desplazando poco a poco a la inocencia de la infancia y hace que la blancura de la nube se vaya tiñendo de gris perla a negro zafiro. Y es entonces cuando se convierte en un nimbo lleno de desasosiego. Y empieza a pesarnos.

Y es que vivimos, como dice la oración, en un valle de lágrimas, estamos rodeados de aflicción, la personal y la de todos nuestros seres queridos. En ese entorno sentimental es difícil, por no decir imposible, mantener la nube en un estado de levedad que apenas nos pese.

Pero la experiencia enseña que los vientos de la vida alejan a veces momentáneamente la nube. Cuando esto suceda no debemos perder el tiempo en otra cosa que no sea disfrutar a fondo del peso que se nos ha quitado momentáneamente de encima. La nube volverá porque es un peso que habremos de soportar de un modo indefectible mientras vivamos, pero el secreto de la vida consiste en olvidarse por completo de ella mientras navegue lejos de nosotros mecida por el viento.

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