El bochornoso espectáculo de la final de Copa

Publicado por el may 31, 2015

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Sucedió lo que todo el mundo presentía: cualquier cosa que tuviera que ver con España, como Felipe VI, el himno y la locución en castellano, fueron silbados sonoramente por la mayor parte de los asistentes a la final de Copa del Rey. Hubo quien (así lo daba a entender la sonrisa complaciente de Artur Mas) se divirtió ante tal tropelía llevada a cabo por unas aficiones que se ampararon en la impunidad de la masa. Pero no habrán sido pocos los españoles que se sintieron, cuando menos, molestos por el menosprecio flagrante que sufrieron algunos de sus símbolos constitucionales.

Entre estos últimos, habrá opiniones de todo tipo, desde los que pedían una respuesta contundente por parte de las autoridades, como suspender el partido, hasta los más tibios que prefieren mirar para otro lado con el fin de no tensar más las ya complicadas relaciones con los independentistas.

Yo me tengo ( y  espero que los que me conocen piensen lo mismo) por una persona moderada, pero no estoy de acuerdo con la falta de reacción que mostraron los que nos representaban a todos los ciudadanos que creemos en la convivencia democrática dentro de la Constitución y las Leyes. Por eso, aunque lamento tener que escribir lo que sigue, me veo en la necesidad de descargar mi conciencia expresando mis ideas al respecto.

Ante todo, hay que señalar que estábamos avisados de lo que iba a suceder, por eso pudo haberse preparado una respuesta ante el tamaño desafuero que se avecinaba. Mi primer reproche es, por tanto, que teniendo tanto tiempo para pensar la respuesta más idónea no se hubiesen tomado las medidas pertinentes –las que fueran, pero alguna- para evitar tal bochorno.

En segundo lugar, no comparto la postura de Felipe VI. La Constitución dice que el Rey asume la más alta representación del Estado. Entiendo que decidiera aguantar estoicamente si solo le hubieran silbado a él. Pero no acierto a comprender cómo después de haber presenciado tan palmario desprecio a los símbolos constitucionales no hubiera abandonado el Campo de Fútbol o por lo menos que se hubiera negado a participar en el resto del acto entregando el trofeo al equipo ganador, como si nada hubiera pasado. Creo que habrá habido ciudadanos que se sintieron desalentados al ver que su más alto representante toleraba, como si estuviera cumpliendo con su obligación, aquel desprecio hacia la Nación española y sus símbolos, cuando lo cierto es que su verdadera obligación era justamente la contraria: impedir que en su presencia se faltara al respeto a los símbolos de la nación.

Finalmente, coincido con los que opinan que hay que rebajar las tensiones con los nacionalistas. Pero las cosas empiezan a demostrar que es de ilusos esperar que la política puramente permisiva ante los independentistas puede acabar resolviendo el problema. Por el contrario, empiezo a temer que con esa tibieza de nuestros representantes los separatistas se sentirán cada vez más envalentonados para seguir faltando al respeto a los símbolos que se dio la España democrática de 1978.

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