Ahros

Publicado por el Apr 28, 2015

Compartir

Subo a mi blog el primer cuento que escribí en junio de 1981, con el que gané un accésit en el Primer Concurso de Cuentos Ana Navarro.

Los personajes de esta historia viven, durante todo el año, en una casa de campo a cinco kilómetros de una ciudad. Uno es un perro de color blanco, muy grande. Pesa cerca de setenta kilos. Por su tamaño parece una ternera. Pero por su pelo, una oveja. Es un perro guapo, si se puede aplicar este adjetivo a los animales.

Arhos es el mejor amigo que tiene Ana, el otro personaje. Ana tiene ocho años y es la hija mayor de los dueños de la casa. Probablemente, por no recibir muchas visitas de otros perros, Arhos vuelca la mayor parte de su afecto en Ana. Digo que probablemente, porque no sé si es correcto afirmar que los animales poseen los mismos sentimientos que los hombres. Y no quiero dar ocasión a que se me diga: o usted fue perro alguna vez, o algún perro se lo dijo.

Ana hablaba frecuentemente con Arhos.  No puedo reproducir aquí la mayor parte de sus conversaciones, porque no fui testigo de ellas. Pero sí os puedo contar una, tal como la escuché.

Se quejaba Ana de que sus amigas veían casi todos los programas de televisión y de que ella, en cambio, sólo podía ver los programas infantiles. Por eso, cuando estaba en el colegio, no podía participar en las conversaciones que mantenían sus compañeras sobre las películas o los programas contemplados el día anterior. En un momento de su monólogo, Ana debió presentir que Arhos percibía su tristeza. Tras meditar un instante, se sintió en la necesidad de ofrecer las dos caras de la moneda. Y decidió contarle las razones por las que sus padres no le dejaban ver los demás programas.

Papá y mamá me dicen, Arhos, que la facultad más importante del hombre es la imaginación. Sin imaginación no hay creatividad, y sin creatividad se detienen la evolución y el progreso. La imaginación, Arhos, es la base de la personalidad y la personalidad es la esencia de la diferenciación. Bueno, papá dice de la heterogeneidad  o algo así.

Mis padres dicen, Arhos, que estamos sufriendo un proceso constante de igualación a nivel intelectual. Me parece que esto quiere decir que los hom bres nos parecemos cada vez más los unos a los otros. Y, a lo peor, los hombres son tan iguales, Arhos, porque ya no pueden decir ni pensar cosas diferentes.

Me dicen también, Arhos, que las personas que guían a la Humanidad tratan de resolver nuestros problemas contemplándonos como una gran masa social. Y esta manera de conducirnos ha llevado a prescindir del individuo singular. Me dicen, Arhos, que se está matando al hombre en sacrificio de todos los hombres.

Mis padres me dicen, Arhos, que, debido al progreso espectacular de la Ciencia y de la Técnica, se está imponiendo la cultura de la imagen. Los niños de ahora únicamente ejercitamos el sentido de la vista. Vemos la televisión. Y la vemos todos. Y todos vemos lo mismo. Y hablamos todos de la misma manera. Y gritamos al hablar. Y todos llevamos dentro el mismo germen de la violencia. Nos aburrimos si no hay televisión, porque no sabemos jugar. Y no sabemos jugar, porque incluso los juguetes de hoy son para ver, y no para jugar. Les damos cuerda para ver lo que hacen. Y hacen tantas cosas, reír, llorar, comer, que no nos dejan margen alguno para la imaginación.

Por todo esto, Arhos, mis padres nos quieren hacer diferentes. Quieren que tengamos imaginación. Que desarrollemos nuestra personalidad. Que diga mos siempre lo que pensamos y no lo que quieren oír los demás. Quieren, Arhos, que lleguemos un día a contagiar nuestra diferencia. Que seamos el remedio curativo de la enfermedad de la igualdad.

Y creo, Arhos, que en parte ya soy diferente. Porque apenas estoy en contacto con el agente transmisor de esta enfermedad. Además, me gusta mucho la lectura y me dicen que en ella está el antídoto contra el veneno de la igualdad. Leo todo lo que puedo. Y cuando leo, Arhos, intento imaginar lo que me están contando. Quizás llegue a obsesionarme con la necesidad de imaginar. Pero si así sucede, mi extremismo se compensará ampliamente con el extremismo contrario en el que están inmersos los demás.

Presiento, Arhos, que si algún día llego a ser diferente, me encontraré muchas veces con el peor enemigo del hombre actual: la soledad. Porque la soledad, de la que huye despavorido el hombre uniforme, incita al que es diferente a reflexionar sobre su identidad. Cuando por ser diferente esté sola, Arhos, podré pensar de dónde vengo, de dónde venimos tú y yo. De dónde vienen los demás. Y podré pensar, sin tener miedo, a dónde vamos tú y yo. A dónde van los demás.

Seguramente, todos los hombres, y a lo mejor tú también, Arhos, iremos a parar al mismo lugar. Y en este lugar, es muy probable que no exista diferencia alguna entre el que fue diferente y los demás. Pero aun así, Arhos, mis padres dicen que compensa huir de la igualdad. Porque luchando por el hombre, y solo por el hombre singular, es como se lucha por la sociedad.

Tal vez estarás pensando, Arhos, que todo lo que te he dicho no lo puede decir una niña de mi edad. Pero es que estoy empezando a ser diferente. Y los diferentes podemos decir y sentir lo que no pueden decir ni sentir los demás.

Arhos, que miraba a Ana pacientemente  con sus ojos redondos, se puso a ladrar. Lamentablemente, no pude entender lo que decía. A lo mejor, tampoco os conté con exactitud lo que dijo Ana. Pero, por ser su padre, permitidme que la haya ayudado, en este cuento, a ser diferente de los demás.

 

Compartir

ABC.es

Puentes de Palabras © DIARIO ABC, S.L. 2015

Todos, incluso los menos interesados por la política, tenemos una ideología, es decir, un conjunto de ideas sobre el modo en que deben gestionarse los asuntos públicos. El ideario de cada uno es como los aluviones de un río: Más sobre «Puentes de Palabras»

Categorías
Etiquetas