Faltayún el pelícano.

Publicado por el Apr 18, 2015

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Como homenaje personal de admiración a Gabriel García Márquez un día después del aniversario de su muerte, reproduzco este cuento de mi libro “Las nubes pueden ser gemelas”.

Aquel día, el amanecer no era como los de costumbre. Lejos de comparecer, como cada mañana, el resplandeciente azul del cielo, la luz venía envuelta en densas masas de vapor teñidas de gris oscuro, sin que acabaran de disiparse por completo las tinieblas de la noche. La brusca bajada del barómetro confirmaba la noticia profusamente anunciada de la próxima llegada de “Jeanne”, un temible huracán que, en el mejor de los pronósticos, sólo rozaría un extremo del archipiélago.

Había muy pocas ocupaciones en aquel prodigioso paraje natural, y casi ninguna para una niña de nueve años. Se levantaba antes del amanecer para hacer el desayuno a su padre, uno de los pocos isleños que aún vivían de la pesca. Así que, hecho el café y fritas las arepas, no tenía otra cosa que hacer, hasta la hora de la cena, que pasar el resto del día con su muñeca “Valerie” y “Faltayún”, un pelícano que había nacido sin un ala.

Belén había venido al mundo un día de navidad en la posada marinera que tenían sus padres frente a la bahía de Gran Roque. Por eso, el primer aire que respiró olía a mar, y la primera luz que vieron sus ojos hubo de ser el limpio azul del cielo que cubría casi siempre el patio abierto de su casa. Era hija de un marinero gallego que se había quedado a vivir en el archipiélago de Los Roques y de una aborigen fallecida, tras dar a luz, por las complicaciones del parto.

“Valerie” era una pequeña muñeca de plástico que había sido de una turista francesa de su edad, con la que se había cruzado numerosas miradas tímidas y silenciosas, mientras observaba como la bañaba en la orilla del mar. Debió dejar traslucir su deseo con tanta intensidad, que la pequeña francesa dejó abandonada la muñeca, con callada complicidad, en un pequeño hueco cavado en la arena de la playa. Desde entonces, en “Valerie” se encarnaba aquella fugaz amiga de unas horas, a la que recordaba saludándola con la mano desde la ventanilla de la avioneta cuando abandonaba la isla.

Aunque tenía el defecto del ala, “Faltayún” era un pelícano fuerte y hermoso. Como no podía volar, su forma de procurarse la comida  era diferente a la de los otros. No podía ascender los metros necesarios para divisar el brillo de la presa y caer después en picado, clavándose en el agua hasta atraparla. Pero había aprendido a bucear y, además de bajar hasta rozar el fondo, resistía mucho tiempo sin salir a respirar. Así que, para comer, merodeaba por la zona en que pescaban los demás, sumergiéndose hasta que lograba capturar algún pez aturdido por un picotazo poco certero de otro pelícano. Con tenacidad y paciencia, pero sin la vistosidad de sus congéneres, acaba por atrapar comida suficiente para llenar la bolsa membranosa de su pico.

La mayoría de los habitantes del archipiélago vivía de las visitas de los grupos reducidos de turistas que llegaban a diario desde que aquellas islas paradisíacas habían sido declaradas Parque Natural. Toda la vida de las islas giraba en torno a los visitantes. Las posadas, debidamente adecentadas, se habían convertido en casas de hospedaje. Los antiguos pescadores eran ahora patrones de embarcaciones dedicadas a viajes de placer por el archipiélago. Las mujeres preparaban las vituallas para las excursiones marítimas o hacían la limpieza de las posadas. Y los jóvenes se ofrecían como guías o hacían de instructores de buceo en los inimitables fondos de coral de aquel punto del Mar Caribe.

Para Belén la vida era distinta. Pasaba las primeras horas del día en el embarcadero, viendo el amanecer en compañía de “Valerie” y “Faltayún”. Se sentaba en el borde de la punta, orientada al este, y miraba fijamente al horizonte, tratando de captar el instante en que la salida del sol comenzaba a arquear la línea divisoria entre el cielo y el mar. Pero  nunca lo conseguía. El fulgor del astro y el potente reflejo de su luz en los azules del mar le obligaban a cerrar los ojos, y cuando podía abrirlos, ya asomaba sobre el horizonte un apreciable segmento de la incandescente esfera solar. Pero no le importaba, porque, como solía decirles a “Valerie” y “Faltayún”, “todavía podemos borrar la luna”. Y así era. Se quedaba absorta  contemplando las tonalidades del amanecer, y admiraba cómo los bordes claros y anaranjados del sol iban disipando la oscuridad azulada del cielo hasta que aparecía el celeste limpio y claro de la luz del día. Pero no podía dejar de mirar la luna. Porque había un momento en el que de repente desaparecía. Y era entonces cuando les decía: “¿habéis visto cómo la hemos borrado del cielo?”

Tenía el pelo ensortijado, moreno y brillante, como el de su padre, pero más fuerte y abundante. Sus ojos eran grandes como los su madre, pero marrones y muy limpios. En lo demás, sus rasgos eran como los de los isleños, la nariz pequeña y chata, los labios carnosos pero no muy gruesos, los dientes perfectamente alineados y muy blancos, y la piel tersa y broceada. Era una de las pocas niñas que quedaban en Los Roques.

Aquella mañana al despertar, no vio a su padre en la casa. El viento comenzaba a silbar cada vez con más fuerza. Preocupada, cogió a “Valerie” y salió hacia el embarcadero para ver si estaba en la barca. La arena de la playa comenzaba a remolinarse, ascendiendo en espirales, algunas bastante más altas que ella. Al ver que la barca estaba sola y fondeada, se dirigió a la punta del embarcadero y miró deseando encontrar a alguien que pudiera indicarle donde estaba. De pronto, vio a lo lejos una gran columna de lluvia y viento que se acercaba a toda velocidad, y echó a correr hacia el restaurante “El Canto de la Ballena”, situado frente al embarcadero en la única posada construida en piedra que había en Gran Roque. En el trance, se le cayó “Valerie”. Por un momento pensó en volver a rescatarla, pero su instinto de conservación hizo que no se detuviera ni un instante. Lo único que pudo ver fue que el viento racheado arrastraba a “Valerie” hacia el agua. Al entrar en el restaurante, vio a su padre sentado en un rincón jugando a las cartas. Acurrucada junto a él, pasó las ocho horas interminables que tardó en pasar el huracán.

Al atardecer se hizo la calma, pero la puesta de sol fue menos limpia que otras veces. El cielo parecía una inmensa hoguera en brasas: el sol tintaba de rojo y anaranjado las nubes grises que ascendían en estratos desde el mismo horizonte. Entonces volvió a pensar en “Valerie” y cayó en la cuenta de que nunca más volvería a verla. Caminó lentamente hacia el embarcadero y miró sin esperanza a la playa para ver si la veía sobre la arena. Pero su vista se clavó en los destrozos del huracán, la arena blanca cubría los arbustos de la orilla, había barcas estrelladas contra los muros de las posadas y hasta trozos de los tejados de los merenderos en las copas de los árboles.

Pasaron los días y el archipiélago se fue recuperando poco a poco. Todos volvieron a la rutina de sus vidas, menos Belén y “Faltayún” que sentían inconsolables la falta de “Valerie”. Hasta que una mañana, cuando los demás pelícanos hacían sus inigualables picados, “Faltayún” emergió con un objeto en el pico. Era “Valerie”. Belén la tomó en sus brazos y se quedó meciéndola suavemente durante varias horas.

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