Un progresista desorientado

Publicado por el Mar 21, 2015

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Tenía 66 años, y desde su estancia en la Universidad en la década de los sesenta del siglo pasado, venía militando en la izquierda moderada. No le había ido mal. No era buen alumno, porque estudiaba poco. Pero figurar en aquellos años como abajofirmante en todos los manifiestos contra algo; la circunstancia de ser un asiduo espectador de los cine-club, donde solía perorar sobre la genialidad de la incomprensible película que se había proyectado; y la costumbre de leer tomándose un café junto a las ventanas del café Derby, le habían granjeado la fama de intelectual comprometido. Lo cual en aquellos tiempos pre-democráticos de la incipiente e irrefrenable ansia de libertad era realmente importante.

Las cosas mejoraron cuando llegó  la democracia, verdaderamente ansiada por él y otros muchos, acogida por los del montón con su habitual indiferencia, y rechazada, más oculta que públicamente, por los nostálgicos de lo que felizmente se acababa de superar. De suerte que, sin abandonar nunca las siglas, fue progresando en la política, pero suavizando paulatinamente las ideas más radicales de su juventud, so pretexto de la inevitable eficiencia en el manejo de lo ajeno característico de la política.

Desde siempre había abrazado fanáticamente el credo progresista. Tenía que alinearse, respecto de cada tema, con la posición que señalase el medio de comunicación nacional que confería la graciable condición de ser progresista. Sabía que si lo era sería considerado como persona inteligente y hasta podía darse el gusto de hacer gala sin coste personal alguno de la prepotencia y soberbia habitual de los de izquierdas.

Pero había algo más: tenía que evitar a toda costa decir o hacer algo por lo que pudiese ser calificado con el nefando apelativo de conservador. Un error de este tipo podía condenarlo para siempre al abismo de los apestados de derechas, gente obtusa por no admitir la indiscutible superioridad ideológica y moral del pensamiento de izquierdas.

Pero desde hacía algunos años estaba desconcertado. Los suyos llevaban tanto tiempo en el poder y ponían tanto empeño en conservarlo a cualquier precio que se apuntaban a todo tipo de banderas, incluso a las más descoloridas. En su juventud, le habían enseñado que progresar era avanzar hacia una sociedad cada vez mejor y más justa. Lo cual significaba, por ejemplo, en educación, apostar por la enseñanza de calidad y exigente; y en lo relativo a la estructura territorial del Estado, defender la unidad nacional y la integración en espacios políticos y económicos supranacionales.

Ahora los mensajes de su partido habían perdido coherencia en donde antes había claridad: en educación lo progresista era rebajar los niveles todo lo posible, sin importar que España ocupara los últimos puestos del escalafón en los controles educativos de ámbito europeo; y en lo territorial alinearse con los fenómenos retrógrados de los nacionalismos periféricos.

Por si lo que antecede no fuera suficiente había algunas cuestiones en las que los mensajes habían sido desde el principio incoherentes, como por ejemplo, que no todas las dictaduras eran iguales (las de izquierdas eran buenas, por supuesto), ni tampoco los delincuentes: había unos respecto de los cuales lo progresista era cubrirlos con el velo del silencio (los terroristas), y otros, en cambio, ante los que había que mostrar una profunda indignación (los maltratadores y los corruptos), y si bien lo de éstos últimos le parecía razonable, no entendía el trato de favor con lo de los asesinos etarras.

Pensando en sus descendientes, intentó encontrar un manual que definiera con coherencia el progresismo, pero, tras grandes esfuerzos infructuosos, admitió resignado que no existía. Y pensó, casi sin atreverse, que lo progresista era lo que convenía en cada momento a los dirigentes del partido.

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