Pregón sobre Cervantes y el día del libro

Publicado por el mar 18, 2015

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Como no quiero participar en este nuevo acto de autodestrucción respecto de los huesos de D. Miguel de Cervantes, le hago mi particular homenaje reproduciendo parcialmente el pregón que tuve el honor de pronunciar el 23 de abril de 2007 en Cervantes (Lugo)

Según la vigésima segunda edición del Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia, la palabra PREGÓN tiene diversas acepciones de las cuales me interesan ahora las dos siguientes. La  segunda: “Discurso elogioso en que se anuncia al público la celebración de una festividad y se le incita a participar en ella”; y la cuarta: “Alabanza hecha en público de alguien o de algo”. Pues bien, como van a comprobar seguidamente, las palabras que voy a pronunciar tienen que ver con estos dos significados de la palabra “Pregón”.

Lo primero que debo señalar es que estamos aquí, en la casa consistorial de San Román de Cervantes, para que haga ante ustedes un discurso elogioso, anunciando la celebración del Día del Libro e incitándoles a participar en ella. Como todos ustedes saben, la UNESCO, en su Conferencia General de 1995, acordó que el 23 de abril de cada año se celebre el Día del Libro, para rendir un homenaje a los libros y a sus autores y para alentar a todos, en particular a los más jóvenes, a descubrir el placer de la lectura y respetar la reemplazable contribución de los creadores al progreso social y cultural. El que se eligiera este día y no otro, se debe a que el 23 de abril de 1616, fallecieron los dos escritores más geniales que ha dado la Humanidad: el inglés WILLIAM SHAKESPEARE y el español MIGUEL DE CERVANTES Y SAAVEDRA.

Pues bien, ateniendo al primero de los dos significados de la palabra PREGON, ya mencionados, poco puedo añadir a todo lo que se ha dicho sobre la importancia capital que tiene la lectura en el desarrollo de una sociedad. Como escribí hace algún tiempo en la Voz de Galicia, el hombre lleva dejando por escrito su pensamiento prácticamente desde el inicio mismo de su existencia. Atesoramos tal cantidad de palabras escritas por el hombre, que si pudiéramos amontonarlas unas detrás de otras, ascenderían hasta perderse por el Universo. Una buena parte de esas palabras se contienen en los libros.

Pero, frente a los libros, no todos mostramos la misma actitud. Hay quienes apenas sienten el más mínimo interés por ellos y hay otros, en cambio, que los veneran. La mayoría de la gente se muestra, como en casi todo, bastante indiferente: para enterarse de lo que le interesa, prefiere escuchar y ver, que tener que hacer el esfuerzo de leer. Y sin embargo, los libros atesoran riquezas espirituales impagables. Quienes los escriben, lo hacen porque tienen algo que decir o que contar. Han pasado su intelecto por los distintos sectores del saber o de la actualidad, o han adentrado su espíritu en el ámbito de su desbordante imaginación, para comunicarse con nosotros: para instruirnos, informarnos o entretenernos.

El sólo hecho de escribir supone un esfuerzo que es propio de un espíritu sumamente generoso. Es posible que el impulso de escribir sea fruto de una necesidad del autor. Y es posible también que la decisión de publicar lo escrito no esté exenta de ciertas dosis de vanidad. Pero es innegable que quien escribe y publica, da en cada una de sus obras una parte de sí mismo, de su saber o de su mundo de ficción. Y la mayoría de las veces a cambio de nada o de muy poco.

En el momento de escribir, el autor tiene la esperanza de que su obra llegue a ser muy leída. Por eso la escribe. Pero aunque le asalte la duda de que pueda resultar un fracaso de lectores, no deja por ello de escribir. Pueden más sus deseos de dar una parte de sí mismo y de inmiscuirse en las mentes de otros, que el destino que haya de correr su obra: en el momento mismo de escribir acepta ya el porvenir del fruto de su talento. Por eso, la gran mayoría de los que escriben lo hacen sabiendo que su arte no les dará ni siquiera para malvivir. E incluso los pocos que llegan a poder vivir de sus obras, son por encima de todo “autores”: sienten más la necesidad de crear que la de obtener un rédito de su tarea. Porque saben que el hecho de alcanzar la profesión de “escritor” no es algo que dependa de ellos mismos, sino de nuestras decisiones de compra.

Al verdadero escritor lo que realmente le interesa es que se lean sus obras. Su esfuerzo, su generosidad, y el bien que, por lo general, éstas nos procuran, merece que las leamos. Porque, como ha escrito alguien, un libro que no se lee es como un teléfono que suena para darnos una buena noticia y no lo descolgamos. Si no leemos, nos quedamos sin saber algo bueno que querían contarnos. Pues bien, en este día del Libro de 2007, les incito a que lean, a que se enteren de todo lo mucho y bueno que desean contarles los escritores.

Pero la palabra PREGON tiene otra acepción, que es “Alabanza hecha en público de alguien o de algo”. De aquí que, en los minutos que siguen, me proponga alabar ante ustedes a D. MIGUEL DE CERVANTES Y SAAVEDRA.

En cuanto a D. MIGUEL DE CERVANTES Y SAAVEDRA, diré unas palabras sobre él y otras sobre su obra, pero para relacionarlas con mi propia persona. En cuanto a lo que debo decir de su persona, todos ustedes saben de sobra porque casi se lo repiten cada año, que está generalmente aceptado que los orígenes del Príncipe de los Ingenios, D. MIGUEL DE CERVANTES Y SAAVEDRA, están en estas maravillosas montañas de los Ancares lucenses. Y ello, no sólo porque sus dos apellidos CERVANTES y SAAVEDRA sean topónimos de estos parajes, sino porque el propio D. MIGUEL, al comienzo del Capítulo XXXIX de la Primera Parte del Quijote, pone en boca del Cautivo, que su linaje tuvo principio en un lugar de las montañas de León, que no son sino estas montañas lucenses.

Pero de las circunstancias personales de D. MIGUEL, me gustaría detenerme en aquellas que presentan alguna coincidencia con quien les habla. Así, mi padre, que falleció cuando yo tenía casi tres años, se llamaba MIGUEL OTERO SAAVEDRA y, al igual que a D. MIGUEL, el pusieron este nombre no por casualidad, sino porque ambos nacieron el día de San Miguel, un 29 de septiembre, CERVANTES en 1.547 y mi padre en 1908. Pero no sólo su nombre era idéntico, también su segundo apellido, SAAVEDRA y, aunque lo desconozco, no hay que descartar que el segundo apellido de mi padre perteneciera al mismo linaje de los SAAVEDRA que el de D. MIGUEL. Pero no acaban aquí las coincidencias, D. MIGUEL DE CERVANTES fue soldado en el Tercio de Nápoles, luchó contra los turcos en la Batalla naval de Lepanto, y fue herido en un brazo, quedando “manco”. Y mi padre, aunque Registrador de la Propiedad, también fue soldado: luchó como alférez en la 32ª Compañía de la 8ª Bandera del Primer Tercio de la Legión en la Guerra Civil española, y también fue herido en el Monte del Pingarrón, durante la Batalla del Jarama, en la que perdió una pierna y quedó cojo. Finalmente, y en lo que a mí respecta, todavía hay otras dos coincidencias. La primera es que D. MIGUEL y yo nacimos el mismo año, pero de distinta centuria: como ya dije, él en 1547 y yo, cuatrocientos años más tarde, en 1947. Y la segunda es que D. MIGUEL nació en Alcalá de Henares y yo ocupo actualmente la Cátedra de Derecho Mercantil también en Alcalá de Henares.

 

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