Somos seres permanentemente insatisfechos

Publicado por el Mar 13, 2015

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Solamente los más insensatos pueden pensar que la vida del hombre es fácil. Si solo tuviéramos cuerpo, y la condición humana no implicase poseer inteligencia y sentimientos, habría alguna posibilidad de que lo fuera. Pero el hecho de pensar y sentir añade unos ingredientes a los puramente corporales que pueden convertir la vida aparentemente más plácida en una existencia atormentada.

Con ello quiero decir que al hombre no le basta con tener sus necesidades materiales satisfechas para tener una vida placentera, ya que, además de cuerpo, tiene espíritu y éste, con independencia de cómo se sienta el cuerpo que lo alberga, es por sí mismo generador de felicidad y de infelicidad.

Que la vida es dura, difícil de soportar y sin apenas concesiones, puede percibirse incluso en la niñez. Y no me refiero solo a esos niños con ojos de tristeza del Tercer Mundo que vemos cada día a través de los medios de comunicación. También en nuestro mundo hay mucha infelicidad infantil, de la que somos culpables casi siempre los mayores. Porque la vida sentimental del niño está decisivamente influenciada por la de los adultos que lo rodean y en un ambiente en el que no se respira el aire de la dicha es fácil que las alamas infantiles se aflijan.

Pero la dureza de verdad comienza a medida que crecemos y no nos abandona hasta que dejamos de existir. Si tuviera que compendiar en una sola palabra la razón de ser de una buena parte de nuestra infelicidad diría que es la “insatisfacción”: somos seres permanentemente insatisfechos. Vivimos rodeados de otros de los que percibimos sobre todo su entorno material. Y en este plano solemos fijarnos en los que tienen más que en aquellos que tenemos por debajo. Pero no solo nos comparamos con los que tenemos “materialmente” por encima, sino que nos equivocamos al elegir los parámetros de la confrontación.

En el cotejo, en lugar de proyectar nuestro entendimiento hacia los elementos espirituales que hacen de cada uno de nosotros un ser único e irrepetible, lo enfocamos hacia las cosas materiales. Y ahí, por tratarse de un mundo cuantitativo y, por tanto, mensurable, siempre hay certeza: se sabe quién tiene más y, por tanto, quien gana y quien pierde.

La clave está en salirse del ámbito de lo medible, y trasladarse al plano de lo espiritual, en el que si bien puede habar elementos que cabe confrontar cuantitativamente (como el cociente intelectual) hay otros que no pueden serlo en modo alguno como son los sentimientos. Y es ahí, en nuestra propia unicidad e irrepetibilidad en la que debemos situarnos, porque las almas no pueden mediarse y, por tanto, tampoco compararse.

A medida de que seamos plenamente conscientes de que nuestra alma, con todo lo que alberga, es única e incomparable iremos probablemente disminuyendo nuestra permanente insatisfacción haciendo con que ello que aceptemos más fácilmente la vida que tenemos.

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