¿Merece España la picaresca de algunos de sus nacionales?

Publicado por el mar 2, 2015

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Por esa tendencia autodestructiva tan característica de los que habitamos en la parte más extensa de la península Ibérica, hasta es difícil hablar de España y de sus nacionales. Pero para que no haya duda alguna empleo dicha palabra en sentido jurídico-constitucional: me refiero, por tanto, al Estado social y democrático de Derecho, cuya soberanía reside en su pueblo, cuya capital es Madrid, y que tiene como forma política del Estado la Monarquía parlamentaria.

Cuando hablo de los españoles incluyo, pues, a los que no se sienten como tales, como sucede con algunos independentistas, porque en la nacionalidad no influyen para nada los sentimientos y porque lo que voy a decir seguidamente es predicable de los que habitamos en España sin distinciones territoriales.

Hablo de “picaresca” porque como todos ustedes saben en la obra cumbre de la novela picaresca española, “La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades”, se describe al protagonista como un personaje astuto, malicioso, tramposo y hasta vengativo.

Y me pregunto si España se merece la picaresca de algunos de sus nacionales, porque los distintos amos que tuvo Lazarillo, desde el Ciego hasta el Arcipreste de San Salvador, pasando por el Clérigo, el Escudero, el Fraile de la Merced, el Buldero, el Pintor, el Capellán, y el Alguacil, se merecían en cierto modo –en una especie de auto defensa contra el maltrato que de ellos recibía-  las “faenas” que Lazarillo les fue haciendo a cada uno.

Las jugarretas de los españoles a las que me refiero, que todavía hoy siguen haciendo algunos “astutos”, “maliciosos”, “tramposos” y “vengativos”, consisten, fundamentalmente, en aprovecharse de lo que no es de nadie por ser de todos para llevar a cabo pequeñas defraudaciones de lo que es de la generalidad de la ciudadanía.

Más concretamente, pienso en la utilización de los pequeños huecos que deja más o menos abiertos la legislación tributaria para rebajar nuestra contribución al sostenimiento público; en la utilización abusiva de la sanidad pública para beneficio propio y de allegados que no tienen derecho a su asistencia; en la compatibilización del cobro del paro con la realización de trabajos remunerados sin darse de alta en la Seguridad Social; en la ocultación de datos para seguir percibiendo prestaciones sociales, como por ejemplo no informar inmediatamente del fallecimiento del sujeto del que se percibía la pensión, y otras actuaciones por el estilo que tiene en común ir “pellizcando” en beneficio propio del erario público sin tener derecho a ello.

Es verdad que, por separado, casi siempre se trata de pequeñas cantidades que apenas se notan en las magnitudes de las cifras de los presupuestos del Estado. Y es verdad también que junto a estos pequeños pícaros defraudadores hay otros auténticos ladrones que se llevan muchísimo más.

Pero una cosa no justifica la otra y ambas dejan sin responder la cuestión planteada de si España se merece este comportamiento. Adviértase que si Lazarillo era astuto y tramposo, se debía, como ya he dicho, a que trataba de satisfacer la hambruna provocada por la inadmisible tacañería de sus amos.

Pero ¿se puede decir seriamente que España nos maltrata? ¿Es tan escaso y deficiente lo que nos proporciona el Estado español que “se merece” la picaresca egoísta con la que actuamos? Y finalmente, ¿no es más honrado contribuir en la medida de la capacidad económica de cada uno al sostenimiento de los gastos públicos que aprovecharse de los pequeños agujeros del sistema para robarle la “leche” a los que más la necesitan? Ustedes mismos.           

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