Anticipar voluntariamente el momento de morir

Publicado por el Feb 28, 2015

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En el ABC.es de ayer, se informa que el gobierno chileno ha denegado a la niña de 14 años, Valentina Maureira, enferma de fibrosis quística pulmonar, la petición de que se le ponga una inyección para dormirse “para siempre”. Según el portavoz del citado gobierno, la ley vigente en Chile no permite que el gobierno acceda a una solicitud de esa naturaleza.

Poco después de leer esa noticia, volví a ver en el canal 43 de Canal + la película “Mar adentro” de Alejandro Amenabar sobre el caso famoso de la petición de ayuda al suicidio del gallego Ramón Sampedro.

Lo que he podido advertir en ambos casos es que los implicados, entonces Ramón Sampedro y ahora Valentina Maureira, sienten verdaderos y sinceros deseos de morir. Parten de la indiscutible evidencia de que tarde o temprano todos vamos a morir, y lo que parece que se plantean es qué hacer con el incierto tiempo que les queda hasta que les abandone la vida.

En estos dos casos, e imagino que en otros similares, la decisión que toman firmemente los implicados es anticipar el momento de poner punto final a la vida, prescindiendo definitivamente del tiempo de vida incierto que les quedaba.

Los que están a su alrededor adoptan, por lo general, dos posturas. La primera es dudar de la sinceridad de su decisión: precisamente porque suelen estar en mejores condiciones que el que desea la muerte, no suelen creer que quieran morir realmente. Les cuesta imaginarse que con todo lo que ofrece la vida, incluso para los que están encerrados en un cuerpo inmóvil, pueda haber alguien que desee abandonarla. Piensan que es tanta la incertidumbre sobre lo que nos espera en el más allá que el propio temor a si hay algo después de la muerte les impide adoptar con la debida firmeza la decisión de abandonar este mundo.

La segunda es tratar de convencerlos de que desistan de ausentarse para siempre. Y casi todos tratan de contagiarles sus deseos de vivir reseñando todo lo bueno que tiene la vida sobre todo cuando lo que está intacto es el espíritu y, consiguientemente, la capacidad de hacer disfrutar al alma con todo el alimento que puede recibir de los sentidos y sentimientos.

La duda principal que se plantea en estos casos es si hay que dejar que un ser humano que se encuentra en esas condiciones tenga la posibilidad de decidir si señala a su sola voluntad el momento en el que anticipa el fin de su vida.

A los hombres no se nos ha dado ninguna posibilidad de elegir si queremos nacer. Pero en eso hay absoluta seguridad de que uno mismo nada puede hacer para nacer o para dejar de hacerlo. El problema surge una vez nacidos, porque entonces adquirimos capacidad para decidir por nosotros mismos y ya podemos determinar por nuestra propia voluntad el momento exacto en que abandonamos el mundo.

La cuestión no está nada clara, pero si nada podemos hacer para negarnos a nacer ¿habría que oírnos cuando con toda sinceridad y determinación alguien toma la decisión de anticipar el momento de abandonar este mundo? Desde luego saber el momento en el que a uno le va a abandonar la vida para siempre no debe ser muy tranquilizador. Así que respóndanse cada uno de ustedes.

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