Un día de 31 horas

Publicado por el feb 16, 2015

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Debo confesar que mi formación profesional es esencialmente jurídica. Y si pudiera hablar sin rigor y con cierta inmodestia, añadiría que tengo ligerísimas nociones de economía que no van más allá de entender una buena parte de su lenguaje. Todo lo cual me lleva directamente a reconocer que mis conocimientos de las ciencias experimentales son casi nulos.

Expongo lo que antecede porque, aunque he estado bastantes veces en América, ésta ha sido la primera vez que he reparado en que el 15 de febrero de 2015, en lugar de tener las 24 horas de los demás días, duró para mí 31.

En efecto, cuando despegué desde Madrid con destino a Centroamérica en un Airbus 340-600 de Iberia eran las doce de la mañana y cuando llegué al Aeropuerto de San José mi reloj, todavía con hora española marcaba las 22,50 de la noche, pero la hora oficial del país en el que estaba entrando eran las 3,50.

¿Qué había pasado con los 7 horas de menos que había entre mi horario español y el nuevo al que me incorporaba? Solo puedo hacer sin temor a equivocarme las siguientes afirmaciones. Yo pasé en el avión esas siete horas, porque almorcé, dormí la siesta, trabajé un poco, vi un par de películas, y hasta tomé una merienda-cena. Pero como si le dieran a mi vida para atrás, al poner el pié en aquel aeropuerto volvían a ser las 16 horas de la tarde.

Gracias al nuevo horario disfruté otra vez desde las cuatro de la tarde hasta las once de la noche del que seguía siendo el 15 de febrero de 2015. Es decir, que el vuelo que tomé en dirección hacia donde se ponía el sol, hizo posible que viviera repetidas siete horas: dos veces las cuatro, otras dos las cinco y así hasta las once. Las primeras esas 7 horas las disfruté en el avión y las 7 siguientes entre el aeropuerto de San José de Costa Rica y Antigua, la maravillosa ciudad de Guatemala.

Y digo que disfruté dos veces desde las 16 horas hasta las 23, porque, al igual que los días anteriores, pasé solo una vez la hora comprendida entre las 23 y las 24 horas y lo hice en mi habitación del hotel Camino Real de la mencionada ciudad guatemalteca. Cuando caí en la cuenta de este nuevo dato, me pregunté que había sucedido con la hora de once a doce de la noche de mi horario español. Y la respuesta me vino de inmediato: esa hora fue la que las agujas del reloj en Costa Rica marcaban entre las cuatro y las cinco de la tarde. Al apagar la luz de mi habitación pensé que acababa de vivir un día de 31 horas.

La verdad es que el progreso por el que camina vertiginosamente la vida moderna nos permite experimentar una serie de vivencias en las que apenas reparamos. Conmigo viajaban cerca de trescientas personas y no creo equivocarme mucho si digo que tal vez nadie reparó en que un mismo día, repito el día 15 de febrero de 2015, iba a vivir dos veces desde las cuatro de la tarde hasta las once de la noche.

Pero debo señalar de inmediato que solo fueron horas repetidas en el reloj. Porque el cuerpo siguió funcionando sin anotar en el marcador de nuestra existencia esas 7 horas demás, aunque repetidas; es decir, no fueron unas nuevas horas en las que podría, por ejemplo, evitar un error ya cometido, porque, en realidad, la vida no retrocedió esas 7 horas sino que solo se solaparon los horarios. Y es que las horas que por un momento la magia de la ilusión me hizo creer que le había robado a la vida las tendré que devolver a mi regreso a Madrid el próximo día 20.

 

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