Los vertidos que transforman

Publicado por el Feb 13, 2015

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Según una noticia que se acaba de publicar “Entre 4,8 y 12,7 millones de toneladas de basura plástica van a parar a los océanos cada año, según la investigación liderada por la investigadora de la Universidad de Georgia (EEUU) Jenna Jambeck”.

Por esta razón, he decido subir a mi blog el siguiente cuento que escribí en 1982:

Hacía aún poco tiempo que se había puesto el sol. Ramón, a quien solían llamar “o chuco”, apuró su taza de “ribeiro”, porque tenía que prepararse para salir a pescar. Con su parsimonia habitual, se calzó sus botas negras, se puso en pie y, tras sacudir ligeramente la boina, se la colocó sobre la cabeza, procurando no despeinarse.

Caminando con la dificultad propia de quien anda por la arena de la playa, se dirigió hacia el lugar donde tenía su chalana. A medida que se iba alejando, se fue haciendo más débil el tono de las voces que salían de la taberna del puerto. Al llegar a su botecillo, lo cogió por los toletes y se lo echó sobre la espalda. Cargado con el bote, parecía que llevaba una de esas capas de plástico duro verde oliva, que se ponen los hombres del mar cuando llueve.

A pesar de que la marea estaba baja, llegó pronto a la orilla. Ya había anochecido. Mientras remaba hacia la dorna, contempló los reflejos que sobre el negra agua del mar lanzaban los faroles que iluminaban la carretera principal del pueblo. En poco tiempo llegó a la dorna. Amarró el chalano a la boya y, una vez concluidos los preparativos de rigor, se hizo a la mar.

Pasaron aproximadamente dos horas hasta que Ramón llegó a la zona de pesca. Durante el viaje, había ido pensando en la partida de cartas que había perdido por la tarde. También tuvo tiempo de admirar la belleza de aquella noche estrellada. Y, entre esos y otros pensamientos, tomó algunos tragos de orujo que llevaba en su petaca.

Después de comprobar que estaba sobre la toca, aminoró la marcha de la dorna y comenzó a echar lentamente la red. La operación duró unos quince minutos. Una vez concluida, se alejó unos metros y fondeó la barca. Tras comprobar que el rezón la sujetaba firmemente, se acostó en la bañera, fumó un pitillo, e intentó descabezar un sueño.

Transcurridas unas cuantas horas, comenzó a desperezarse. En pocos minutos el martilleante y ronco sonido de su motor de gasoil rompió el silencio de la noche. Sin detener el motor, Ramón comenzó a subir la red, colocándola ordenadamente sobre cubierta. Pronto notó que aquella noche pesaba más que de costumbre. Un novato se habría frotado las manos imaginando una pesca abundante. Pero él advirtió rápidamente que sucedía algo extraño.

Con una mezcla de ansiedad y de incertidumbre, aceleró el ritmo de la recogida. Un último esfuerzo hizo subir, al fin, el extremo de la red. En la oscuridad notó un gran bulto que se movía. Parecía un pez muy grande. Ramón fue rápidamente a popa para coger la linterna, deseoso de contemplar lo que había pescado.

Sobre cubierta se encendió un grueso punto de luz. Ramón lo enfocó hacia el lugar donde había quedado la captura. Al recibir la luz, la parte superior de la pieza hizo un giro, como si le molestara. Ramón vio entonces unos cabellos muy negros y brillantes. Sin soltar la linterna de su mano izquierda, comenzó a liberar aquella especie de gran pez con melena que estaba entre su red. Ahora el bulto no se movía. Lo que parecía la cabeza seguía inmóvil. Y en esa posición había quedado oculto lo que debía ser el rostro.

Ramón se quedó quieto. Tan solo el punto de luz de la linterna se movía ligeramente. No podía dominar el pequeño temblor que recorría su brazo. El tiempo parecía ahora transcurrir muy lentamente. Ramón se dio cuente de que había pescado una sirena.

La sirena volvió su rostro hacia la luz, tapándolo con sus manos y con una voz muy ronca dijo:

– ¿Puedes apagar la linterna?

– Per… perdona -titubeó Ramón, que todavía no había salido de su asombro-. Perdona –repitió más calmado. Y girando la parte superior de la linterna la apagó.

Por las rendijas de los dedos de la sirena, salían unos destellos débiles de una luz verde y metálica que procedía de sus ojos.

Después de algunos minutos, Ramón preguntó:

– ¿Por qué sigues con la cara cubierta?… Ya he apagado la luz.

– Es que no quiero que me veas – dijo la sirena.

– Va a ser difícil con esta oscuridad –insistió Ramón.

La sirena permaneció callada unos instantes.

– Cuando era niño –dijo Ramón, iniciando nuevamente la conversación- mi padre y los otros pescadores del pueblo me contaban cuentos de sirenas. Todos me hablaban de vuestra belleza. Yo anhelaba llegar a ser pescador para encontrarme con una de vosotras. Una y mil veces os imaginé con lo que para mi era la belleza. Pero, poco a poco, dejaron de relatarme esas historias e implacablemente me fueron desvelando la realidad de mis creencias fantásticas. Las mataron una a una y al final me dijeron que ya había dejado de ser un niño… Pero yo seguí creyendo en vosotras. ¡Y ahora… ahora que, casi al final de mi vida, se me aparece por fin una sirena, resulta que no la puedo ver!

– ¡Me lo temía! –dijo secamente la sirena-. Después de lo que acabas de decir me niego con mayor razón a mostrarte mi rostro.

– ¿Es que he dicho alguna inconveniencia? –preguntó asombrado Ramón por la reacción de la sirena.

– No. Es que no quiero desengañarte. Las sirenas de ahora ya no somos tan bellas como las de antes.

Tras una ligera pausa la sirena prosiguió:

– Desde hace algunos años estáis envenenando el mar. Vertís en él toda clase de residuos. Plásticos, desperdicios de todo tipo. Se hunden barcos cargados de insecticidas, de petróleo, de pesticidas… Y por si esto fuera poco, ahora estáis tirando residuos radiactivos. Las algas están adquiriendo proporciones gigantescas, se están deformando. Ya no dejan pasar la luz al fondo del mar. Todo se está quedando a oscuras. No falta mucho para que el mar entre en la noche eterna. Los peces están muriendo a millares. Vosotros no los veis porque la mayoría de ellos van a parar al fondo del mar. Y, lo que queda aún con vida, se va transformando lentamente. Los ojos de los peces se están saliendo de sus órbitas y sus agallas se van petrificando. Poco a poco están cobrando un color azul mortecino. Las conchas de los crustáceos y moluscos han perdido su dureza. Se han vuelto gelatinosos. Algunos de aquellos nacen sin tenazas. Y otros con grandes bultos llenos de un líquido putrefacto. ¡Todo esto es lo que nos dejáis para comer!

Al tiempo que iba contando estas cosas, la sirena, sin darse cuenta, fue bajando las manos de su rostro. A pesar de la oscuridad de la noche, Ramón pudo ver que la cara de la sirena estaba completamente deformada. Parecía un monstruo. Su piel estaba muy arrugada. Los ojos, situados a distinto nivel, eran saltones y estaban cubiertos por gruesos párpados. Carecía de nariz. Solo tenía dos fosas bordeadas por horrendas cicatrices. En la boca se veían únicamente dos dientes, amarillentos y muy separados. Parecía la de una serpiente. No tenía labios y al hablar daba la sensación de una gran rigidez.

Ramón comenzó a sentir miedo. Con la voz entrecortada le rogó:

– Por favor… vete.

Dando un gran salto, la sirena se tiró al mar. Desde aquella noche, Ramón, a quien solían llamar “o chuco”, no volvió a salir de pesca.

 

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