Una mercancía familiar

Publicado por el feb 1, 2015

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Hace unos días vi la película “Boyhood”, que está nominada para varios Oscar, y me suscitó alguna reflexión que voy a compartir con ustedes, a pesar de que presiento que puede generar polémica. Como seguramente sabrán, se trata de una película rodada durante 12 años, cuyo eje central es la vida de un niño al que vemos crecer en la pantalla, al mismo tiempo que lo hace en la realidad, hasta que se convierte en un joven que frisa los veinte años.

Al tratarse de una historia sobre el transcurso de la vida de una familia, se aprecia perfectamente cómo el protagonista tiene que ir adaptándose, mientras va creciendo, a las distintas parejas de su madre y a las diferentes etapas por las que va pasando la vida de su padre. Y todo –y esto es lo que me interesa destacar-, sin que pueda hacer otra cosa, desde su reservada personalidad, que obedecer resignadamente lo que le van mandando todos los mayores con los que se relaciona.

Durante la proyección de la película, fui teniendo poco a poco la sensación de que Mason (así se llama el joven protagonista) era una especie de mercancía familiar. En efecto, vivía con su madre, soportaba a sus sucesivas parejas (cada vez peores, un alcohólico y un machista violento), y para completar su agenda vital tenía que pasar algunos fines de semana, los que “le tocaban”, con su padre. Y todo ello, sin que nadie le preguntara nunca que era lo que le apetecía hacer a él, como por ejemplo si en lugar de irse con su padre a hacer una acampada prefería quedarse oyendo música en su habitación. Por eso, tuve la impresión de que Mason era como una especie mercancía familiar que era “colocada” donde convenían sus padres.

Pues bien, como la realidad supera siempre a la ficción, estoy seguro de que en la sociedad española de hoy no serán pocos los preadolescentes que son tratados por sus padres como si fueran mercancías: “este fin de semana te toca a ti y el próximo a mi”. ¿Y el hijo? ¿no debería poder decir algo sobre todo cuando ya tiene claros sus apetencias y sentimientos?

Me parece que nos hemos preocupado tanto de resolver nuestros propios problemas de pareja que nos hemos olvidado de averiguar cómo preferirían ellos –insisto hablo de cuando ya saben lo que quieren- organizar sus relaciones con cada uno de sus progenitores por separado. Adviértase que si la pareja es estable los hijos no pasan todo el fin de semana “pegaditos” a sus padres, sino que hacen sus propios planes y salen bastantes horas con sus amigos.

Pues bien, ¿por qué cuando se deshace la pareja van a tener que pasar enteramente un fin de semana alterno con el progenitor al que le toca haciendo planes ellos dos solos como si fueran pandilla? Comprendo que en esos casos hay un miembro de la pareja que disfruta poco de su hijo y también que por eso mismo tendrá muchas ganas de estar con él, por la cual lo reclama el fin de semana. Pero ¿no se da cuenta tal progenitor que hacerle pasar todo el fin de semana fuera de su entorno habitual, y todas las horas del día con él, puede resultarle excesivo? ¿No sería mejor oír al preadolescente para ver cómo prefiere organizar el tiempo con el progenitor con el que no vive habitualmente?

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