El literato y los libros “almeja”

Publicado por el Jan 4, 2015

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Escribió Ortega y Gasset que “el literato no es otra cosa que el encargado en la república de despertar la atención de los desatentos, hostigar la modorra de la conciencia popular con palabras agudas e imágenes tomadas a ese mismo pueblo para que ninguna simiente quede vana”.

Cuando el ilustre filósofo hizo esta afirmación, en la primera veintena del siglo pasado, los que se dedicaban al noble oficio de escribir eran verdaderos literatos en un doble sentido. Se dedicaban a la Literatura, esto es, al arte de emplear la legua española como medio de expresión. Y al ejercitar este arte perseguían despertar de su modorra a los lectores, sembrando en sus mentes ideas que les provocaran pensamientos y reflexiones. En efecto, basta repasar someramente el panorama literario de entonces para comprobar que el autor de una obra no solo cuidaba la lengua al expresarse, sino que se comprometía con los lectores compartiendo la más destilada y pura sustancia de su alma creativa.

Hoy las cosas han cambiado, al menos en parte. Actualmente, se atreve a aparecer como autor literario no solo alguien del que se sospecha como mucho fundamento que carece del más mínimo arte requerido para escribir, sino también un sujeto cuya obra no persigue en modo alguno avivar las mentes dormidas de los lectores. Por eso, aunque pueda desanimarnos, el diagnóstico sobre el panorama literario de nuestros días es que, junto a buenas obras, se ha generado una verdadera “polución” libresca, debida a autores que, al contrario del Coronel de García Márquez, sí tienen quien les escriba “sus obras”, y que, más que tratar de despertar el espíritu de los lectores -como el literato al que se refería Ortega-, lo que hacen es adormecerlos con los chismes insustanciales de sus vulgares vidas. Me refiero, como podrá deducirse, a personajes que se han infiltrado en el panorama literario actual de los que solo importa su notoriedad y que, más que una función “despertadora” y “hostigadora” de la conciencia popular, lo que cumplen es una auténtica función publicitaria: su nombre famoso se utiliza para venderla.

Por eso, y me permito recordar otro pensamiento de Ortega y Gasset, en la actualidad los que más se venden no son los libros “almeja”. Decía este ilustre filósofo que los indios de Nueva Zelanda llamaban a los libros “almejas”, por que como éstas se abren y se cierran. Pero añadía que, así como un almeja no tiene otro valor que el de sus elementos asimilables dentro de una buena digestión, “de un libro me interesa lo que de él pueda pasar a mí, tornarse sangre y carne mías”.

No digo que no haya buenas obras. Las hay, y tan buenas o más que otras de tiempos pasados. Lo que digo es que las obras literariamente mejores no son las más vendidas. Este puesto lo ocupan libros escritos –es un decir- por personajes mediáticos que son tan insustanciales y poco alimenticios que poco o nada puede pasar de ellos a nosotros y tornarse en sangre y carne de nuestro espíritu.

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