Caminando juntos en el atardecer de la vida

Publicado por el dic 7, 2014

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Habían nacido alrededor de la mitad del siglo pasado. Como muchos jóvenes de aquella generación, se habían emparejado antes de cumplir los veinte años. Por eso, fueron novios durante bastantes años hasta que cuando tuvieron medios suficientes para independizarse se casaron.

Como la buena cocina, se fueron haciendo a fuego lento. Maduraron por separado, pero la influencia recíproca fue tan determinante que el mejor yo de cada uno era el otro. Sin apenas darse cuenta no tardaron en llegar los hijos y su convivencia a dos se vio reforzada con nuevas vidas que fueron enriqueciendo su existencia.

Entretanto, ambos, como si se pedalearan a bloque en un tándem, fueron encarando con esfuerzo la dura tarea de vivir. La suma de sus fuerzas imprimía un vigor tan fuerte y resistente que superaron uno tras otro los obstáculos que se les fueron presentando.

Y llegó la época de la estabilidad. Las miradas se habían serenado, la complicidad, en constante aumento, hacía que muchas veces no fueran necesarias las palabras, y sus almas se habían fundido formando el tronco del árbol bajo cuyas ramas se cobijaba su descendencia.

El camino que iban conformando sus huellas los llevó a penetrar en la era de la incipiente madurez. A su hogar comenzaron a llegar nuevas vidas de los nietos que prolongaban aquella aventura de amor que había comenzado medio siglo atrás. Y en ese momento fue como si se ralentizara la vida sin que se detuviera el tiempo. Este discurría, como no podía ser de otro modo, con la misma velocidad, pero lo que aquella pareja de sesentones percibía era que llevaba un ritmo vertiginoso e imparable.

Lo último que se sabe de ellos es que siguen caminando cogidos de la mano durante el atardecer de su existencia.

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