Nos están empapando de “una nueva jerga política”

Publicado por el nov 20, 2014

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La palabra poder significa “dominio, imperio, facultad y jurisdicción que uno tiene para mandar o ejecutar una cosa”. Cuando quien ostenta el poder es una persona física, la situación entre el poderoso y los mandados es clara. Mientras actúe dentro de los límites de su dominio o jurisdicción, aquél sabe que puede ejercitar su imperio y éstos a qué atenerse: obedecer.

Si tuviéramos la opción de elegir entre mandar o someterse, hasta hace algunos años la mayoría escogería lo primero. Se atribuye a Nietzsche la frase “si el yo quiero suena bien, el yo puedo todavía suena mejor”. Pero en los últimos tiempos parece que ha comenzado a desarrollarse una tendencia de signo contrario, que entroncaría con el pacifismo, de la que podría ser un buen ejemplo la opinión achacada a Tagore de que “agradezco no ser una de las ruedas del poder, sino una de las criaturas que son aplastadas por ellas”.

En este equilibrio entre poder y obediencia, fácilmente detectable a nivel general, se está abriendo camino una nueva forma de poder que no es ejercitada, como sucedía hasta ahora, por aquellos en los que se encarna abiertamente la facultad de mandar que les viene dada por la mayoría. Me refiero a una minoría muy activa que, careciendo de la necesaria representatividad, se está abriendo camino, paulatina pero imparablemente, en los entornos del poder gracias a la pasividad de la mayoría, debida unas veces a su mala conciencia y otras a su habitual inactividad.

Lo llamativo de este nuevo movimiento minoritario es que persigue arrinconar a la mayoría, haciendo uso de una especie de poder “difuso”, pero sumamente efectivo, que va haciendo calar en el sentir social una idea de que lo pasado responde a una casta política y que lo ellos defienden, aunque sea solo el sentir de esa minoría, lo quieren hacer pasar, mediante su reiterada divulgación a través de las redes sociales, por lo que piensa y siente la mayoría.

Se instaura entonces, con la pasividad cómplice de la mayoría y la fascinación del progresismo, una especie de dictadura muy sutil en la que todo aquel que no asuma activamente lo que defiende esa minoría, es señalado como alguien que está fuera del sentir social. Lo cual produce una especie de subversión democrática en la que lo que se exterioriza no es el sentir real de la mayoría, sino lo que esa minoría hace asumir como el pensamiento que “ha de tener” la mayoría.

Es difícil de saber hacia dónde evolucionarán las cosas, pero cuando se trata de remar contra la corriente, por muy fuerte que sea el barquero las aguas alborotadas acaban dificultando la arribada de la nave al puerto deseado.

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