El hedor de la venganza

Publicado por el nov 19, 2014

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Las pasiones, ya se entiendan como “perturbación o afecto desordenado del ánimo”, ya como “apetito o afición vehemente de algo”, se alojan en el alma y, por eso, lo lógico sería pensar que, como ella, son inodoras. Pero yo no estoy muy seguro de que no tengan olor. Porque una cosa es que sea difícil apreciarlo y otra, muy distinta, que aquellas no emanen algún efluvio que pueda ser percibido por el olfato.

Estoy seguro de que si nos preguntaran a qué huele el amor la gran mayoría hablaría de un aroma perfumado que produce sensación de bienestar. Apenas habría alguien que dijese que el amor es inodoro o que no huele bien.

¿Por qué negar entonces que la venganza también huele? Si por venganza se entiende la satisfacción que consigue alguien al dañar a otro para responder al agravio recibido de él, no es posible que esta innoble pasión del alma huela bien. Estamos ante el espíritu de un ofendido que, entre la satisfacción del perdón o responder al agravio infligiendo un daño igual o mayor, elige esto último.

¿Puede alguien así desprender algún olor que no sea pestilente? La venganza ennegrece y corrompe el espíritu, expandiéndose hasta ocupar todo el alma y sin dejar espacio alguno para la agradable fragancia del sosiego, característica del perdón. Es en ese momento cuando el espíritu del vengador emana ese hedor putrefacto y hediondo que caracteriza a la venganza.

Viene todo esto a cuento porque en el mundo todavía hay muchos lugares que aún huelen de ese modo. Por centrarme en el más destacable: en Oriente Medio los israelitas y palestinos más viejos del lugar no se acuerdan ya del aroma del amor y del perdón, porque, en una secuencia interminable de brutales acciones-reacciones, viven, si se puede llamar así, desde hace más de medio siglo en el apestoso paraíso de la venganza.

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