La esquela y el poeta

Publicado por el Nov 17, 2014

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En un reciente ejemplar del periódico ABC, leí una esquela en la que como única ocupación del finado ponía “poeta”. Lo primero que pensé es que había sido una excelente elección. Entre otras cosas, porque eso es algo que solamente puede conseguir uno mismo. Desconozco si el fallecido tenía otra manera de ganarse la vida además de  componiendo obras poéticas. Pero si era así, al calificarse únicamente como poeta, optó por la más noble de sus dedicaciones.

Aunque la palabra poeta tiene varias acepciones, la más generalizada es la de sujeto que se dedica a componer obras líricas, esto es, obras, normalmente en verso, que expresan sentimientos del autor y se proponen suscitar en el oyente o lector sentimientos análogos.

Se trata, por tanto, de una persona dotada, como mínimo, de una doble capacidad: la de sentir con intensidad profunda y la de saber expresar con acierto esos sentimientos. Lo primero, parece más un don que otra cosa, y lo segundo, un arte. En todo poeta hay, pues, una cualidad en grado especial, la capacidad de sentir, obtenida en el misterioso reparto que tiene lugar en el momento de la concepción y una actividad constante de cultivo a lo largo de la vida del agraciado de la apasionante tarea de escribir.

Alguna vez escribí que somos muchos los que estamos enamorados de las palabras, pero que son muy pocos los que tienen el privilegio de que las palabras lleguen a  enamorarse de ellos. Los poetas son seres que tienen este privilegio.

Cuando una esquela se concibe como algo que es más para uno que para los demás, tiene todo el sentido denominarse, por encima de cualquier otra cosa, como poeta; esto es, con la palabra que expresa que los sentimientos del autor son tan hondos y profundos que las palabras se han enamorado de su espíritu.  

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