Aprender de observar a los demás

Publicado por el Oct 21, 2014

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La gran mayoría de nosotros ha presenciado alguna vez una metedura de pata  grosera o una salida airosa de una situación muy complicada. Una buena parte de los presentes en cualquiera de las dos situaciones las habrá contemplado sin prestarles apenas atención: estaban allí cuando tuvieron lugar, pero las tomaron como dos momentos anodinos más de los muchos que depara la vida.

Hay unos pocos, sin embargo, que reparan en esos comportamientos ocasionales de terceros, los analizan con atención y extraen enseñanzas de lo que se debe evitar por ser equivocado o de lo que convendría imitar por ser todo un acierto. Con esto se quiere decir que una observación atenta de las conductas ajenas sirve muchas veces para mejorar el modo en que debemos comportarnos.

La idea de aprender de observar a los demás no es nueva, han escrito sobre ella numerosos autores. Así, en una de sus “Migajas Sentenciosas” escribió Quevedo “Felizmente fuera sabio el hombre, si con atención estudiase en los casos ajenos; pero, llevado del amor propio, se persuade que los prósperos le pueden suceder, pero no los adversos. ¡Qué fácilmente se satisface el ánimo de lo que agrada a los ojos! El primer juicio de las cosas se forma con el tribunal de la vista, y casi siempre confirma el entendimiento y aprueba la voluntad de la sentencia que se da en él, principalmente la multitud, porque más por los accidentes que por la sustancia juzga el pueblo las cosas”.

Es muy difícil concentrar en tan pocas líneas una reflexión tan atinada sobre el modo en que debemos aprender del comportamiento ajeno. Al igual que Quevedo, pienso que nos volveríamos más sabios si completáramos nuestra instrucción mediante el examen detenido de lo que el llama “los casos ajenos”. En las líneas que siguen, tendré la osadía de intentar actualizar sus recomendaciones, añadiendo –en el colmo del atrevimiento- mis ideas particulares sobre este modo tan poco frecuente de completar nuestros saberes.

La reflexión de nuestro “mago de la lengua castellana” (José Hierro dixit) se fundamenta en las siguientes aserciones. Lo primero que propone es que examinemos con atención lo que le sucede a otros. Lo segundo es que no excluyamos ninguna hipótesis, tampoco las adversas. En tercer lugar, nos avisa de que la vista no es el mejor de los sentidos para valorar las conductas ajenas. Y, en último lugar, nos advierte de que al enjuiciar las conductas ajenas hay que dar más peso a la sustancia que a los accidentes.

“Examinar con atención” requiere, ante todo, precisar los sujetos de la acción. Como se trata de aprender de observar, el sujeto principal del acto mismo de observar somos cada uno de nosotros en tanto que perceptores del comportamiento referencial ajeno. Y en cuanto al sujeto observado, es verdad que lo que más enseña es contemplar a otros, pero muchas veces recibimos una sabia enseñanza de lo bueno o malo que hacemos nosotros mismos. Por lo tanto, para aprender observando, si bien el objetivo esencial es fijarse en las conductas ajenas, no debemos prescindir de nuestras propias actuaciones.

Para aprender de los sucedidos ajenos, “no hay que excluir ninguna hipótesis”. Se aprende mucho de las situaciones favorables, pero también de las adversas. Imitar las acciones ajenas que nos admiran y evitar las que nos causan rechazo, es el paradigma  a seguir en la conformación de nuestro propio saber. Pero, para mi tengo, que en esto de aprender de la observación ajena lo de mayor provecho es tener en cuenta lo que nos avergüenza de otros para evitarlo.

Tal vez el punto en el que más insiste Quevedo es en que no nos dejemos engañar por el “sentido de la vista”. Es verdad que el primer juicio que formamos de las cosas lo sentencia –como dice nuestro genial escritor- nuestro sentido de la vista. Pero me parece que hoy la vista es todavía más engañosa que entonces. Escribió Ortega y Gasset que “para contemplar son precisas frialdad y distancia entre nosotros y el objeto”.

Ambas cosas son difíciles en nuestro tiempo. La globalidad que conforma el entorno del hombre actual y la aceleración vertiginosa en la que parece desarrollarse la vida moderna, han aumentado exageradamente los sujetos a observar y la rapidez con la que hemos de formar nuestro juicio. En la era audiovisual y de las nuevas tecnologías, pasan ante nosotros tantos comportamientos que se suceden unos a otros tan rápidamente que es difícil el simple hecho de fijar la vista en alguien. Y si somos nosotros mismos los que nos tomamos como ejemplo, las dos recomendaciones del filósofo, frialdad y distancia, son sencillamente imposibles: estamos complacidamente ensimismados y sumidos placenteramente en nuestra propia intimidad

Por si lo anterior no fuera poco, el sentido de la vista es engañado más que nunca por un señuelo moderno: el poder seductor de la cultura de la imagen. Hoy las cosas pasan más por lo que parecen que por lo que son. Vivimos en un mundo de incitaciones, tentaciones y trampas, en cierto modo demoníaco, en el que lo aparente deslumbra y, por eso, corremos el riesgo de mirar para donde no debemos. Como dijo Antonio Machado en su Juan de Mairena hemos de perdonar al poeta, “atento a lo que vine y a lo que se va, que no vea casi nunca lo que pasa, las imágenes que le azotan los ojos y que nosotros quisiéramos coger con las manos”. Por eso, actualmente es más fácil que nunca que el entendimiento confirme y la voluntad apruebe la sentencia borrosa y deformada que emite el engañado sentido de la vista. Ni que decir tiene que exigirle al pueblo que sentencie más por la sustancia que por los accidentes resulta de todo punto improcedente.

Hoy es más procedente que en cualquier otra época anterior aprender de observar, pero sin dejarse engañar por imágenes deformadas, ni por juegos de prestidigitación que hacen parecer real lo que es solo una ilusión. Se trata de afinar los sentidos, todos, y prestar a los comportamientos ajenos más atención que nunca.

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