El miedo insuperable a morir

Publicado por el Oct 14, 2014

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Si hay algo que no puede discutirse es que somos seres finitos: sabemos que nuestra vida llegará indefectiblemente a su fin. Otra cosa es que desconozcamos, seguramente por razones de salud mental, el momento en que nos iremos de este mundo. La muerte es “certus an e incertus quando”, esto es: se sabe que llegará pero se ignora cuándo. Esto es algo que sabemos desde que llegamos a  la madurez de pensamiento: vivimos conscientemente en esta cierta incertidumbre.

Discrepo, por eso, de los que dicen que la muerte es traicionera. Si no hay duda de que vendrá, hay certeza y entonces no queda espacio para la traición. Tal vez lo que se quiere decir es que, a veces, se  presenta inesperadamente. Pero que la esperen o no los que mueren, no es cosa de la muerte, sino de los que viven despreocupados sobre cuándo les llegará su turno.

Pues bien, a pesar de que vive como si no existiera, el hombre de hoy tiene un pánico cerval a la muerte. Vive como si vivir fuera lo único posible y muy pocas veces, por no decir casi nunca, piensa que vivir y morir son las dos caras inseparables de la moneda de la existencia.

Viene todo esto a cuento por dos noticias recientes de signo muy diferente que denotan un miedo atroz e insuperable a la muerte.

La primera es el episodio de la presencia del Ébola en Madrid. Ha bastado que una auxiliar de enfermería se haya contagiado en suelo español con este virus mortífero para que se hayan desatado todas las alarmas ante la posible, pero muy poco probable propagación –por las dificultades del contagio- de esta desconocida pero grave enfermedad. Aun así, se ha generado un pavor de tanta intensidad que hay quienes en el colmo del egoísmo sostienen que no deberían haber venido a España para tratar de curarse los dos españoles enfermos de Ébola.

Otra muestra reciente del terror que se tiene a la muerte es el reducidísimo porcentaje (el 16,3%) de jóvenes que en una encuesta del CIS se mostraron dispuestos a defender a España ante una agresión extranjera. Para nuestra solidaria y pacifista juventud lo de ser “novios de la muerte” o “dar la última gota de sangre por España” son fórmulas que se han quedado obsoletas.

Pero la pregunta del CIS a los jóvenes no era si harían todo lo posible por evitar la guerra –en eso estaríamos todos de acuerdo- sino si en caso de una agresión extranjera defenderían a España; es decir, a su familia, sus amigos, sus conciudadanos, sus bienes, su casa, y sus recuerdos. Si sólo 16 de cada 100 dijeron que lo harían, hay que suponer que los 74 restantes se rendirían sin condiciones a los invasores.

Es verdad que la sociedad hedonista y de consumo en la que vivimos no es propicia para que nos convirtamos en un dechado de valentía. Pero, aunque solo sea por vergüenza torera, deberíamos mostrar un poco más de entereza cuando sintamos más o menos cerca nuestra sombra inseparable, que es la muerte.

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