¿Han iniciado los partidos políticos el tobogán de su agonía?

Publicado por el sep 3, 2014

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Cuando a finales de la década de los setenta se iniciaba el actual –y esperemos que definitivo- período democrático, muy pocos de los que vivimos la admirable transición democrática podíamos imaginar que los partidos políticos iban a caer en el enorme desprestigio que tienen en nuestros días.

Ayer se hacía público un informe de la FAD (Fundación de Ayuda contra la Drogadicción) en el que, entre otras cosas, se señalaba que el 72,9% de los jóvenes actuales de 14 a 25 años tiene baja confianza en los partidos políticos, un 19,2% una confianza media y solo un 8,9% alta confianza.

Esta enorme pérdida de credibilidad en tan poco tiempo es, a primera vista, sorprendente, toda vez que la actividad política por tener como objetivo esencial el servicio a los demás debería ser el principal objeto de deseo de nuestros mejores ciudadanos.

Sin embargo, a poco que se medite sobre el modo en  que nuestros políticos actuales rigen los asuntos públicos, desaparece de inmediato esa inicial perplejidad. Además de la escandalosa implicación de un número cada vez más creciente de políticos en actos de corrupción, el modo en que se viene ejercitando la actividad política en los últimos tiempos es un factor más que coadyuva a que sus protagonistas estén deslizándose peligrosamente por un tobogán que conduce hacia la lenta agonía de las propias formaciones.

Y es que cada vez es más frecuente que en la contienda política, en lugar de debatir los asuntos públicos enfrentando unos argumentos con otros, los políticos se dediquen a efectuar descalificaciones superficiales, sin detenerse a pensar si tales declaraciones benefician o no nuestros intereses generales.

Un ejemplo bien reciente lo tenemos en los datos del paro publicados en la mañana de ayer. La subida del paro en el pasado mes de agosto en 8.070 personas y la caída en 97.582 de los afiliados a la seguridad social han sido interpretadas por los partidos políticos en su propio interés.

En efecto, todos los políticos saben –y el pueblo también- que agosto es un mal mes para el empleo. Pero, en lugar de admitir este dato sin más, cada partido trata de interpretarlo en su propio beneficio. Así, mientras el Gobierno lo compara con el del mes de agosto del año pasado para hacernos ver que es el mejor de los últimos tiempos, los de la oposición se regodean criticando la reciente supuesta “autocomplacencia” del Presidente del Gobierno y su afirmación de que hay raíces más fuertes que los simples brotes verdes.

Lo sorprendente es que si, como parece, los datos del paro y de las cotizaciones a la seguridad social vuelven a mejorar el mes que viene, los políticos de la oposición no reconocerán que se equivocaron, sino que buscarán otra razón para criticar al Gobierno. Actuando de este modo lo normal es que se les vaya agotando el escaso prestigio que pueda quedarles. Y de este peligroso camino iniciado por los partidos no se van a salvar ni siquiera los recientes movimientos asamblearios que han irrumpido descalificando a los otros políticos a los que llaman integrantes de “castas”.

Porque ¿qué pensaría la gente de los abogados si, en lugar de defender la posición de sus respectivos clientes, se dedicaran a recordarse mutuamente ante el Tribunal los pleitos que perdieron y los graves errores que cometieron? O ¿qué pensaríamos de los médicos si en vez de operar a los enfermos se dedicaran a echarse en cara los pacientes que se les murieron en la mesa de operaciones? Se puede aseverar sin temor alguno a equivocarse que si tales profesionales ejercieran de este modo imaginario sus respectivas actividades, perderían instantáneamente su prestigio y, desde luego, la clientela.

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