El dolor petrificado

Publicado por el Aug 20, 2014

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La segunda acepción de la palabra “dolor” es sentimiento de pena y congoja. La propia significación revela que se trata de un efecto: hay algo, la causa, que produce ese sentimiento, que es el efecto o resultado. Normalmente, los acontecimientos que nos generan aflicción son cercanos en el sentido de que afectan a personas o cosas muy próximas a nosotros. Nos duele, por lo general, lo que daña de algún modo nuestro entorno más próximo.

Ni que decir tiene que también nos afligen sucesos que afectan a otros, conocidos o no, más o menos próximos, e incluso muy lejanos. Porque el dolor es un sentimiento incontrolable que depende mucho del nivel de sensibilidad de cada uno. Hechos que acongojan a unos profundamente, pasan inadvertidos para otros que resultan ser más fuertes o resistentes.

Hay, sin embargo, algunas circunstancias que influyen en la posibilidad de provocar pena o aflicción. Me refiero a presenciar en directo el suceso que causa el dolor: ver morir a alguien, aunque sea un desconocido, es difícil, por no decir imposible, que no conmueva grandemente nuestro espíritu. Y la habitualidad o la excepcionalidad del acontecimiento causante del dolor también contribuye a la causación del dolor: aunque pueda parecer aberrante vivir permanentemente entre hechos dolorosos reduce la pena y congoja que producen.

Pues bien, la petrificación de escenas profundamente dolorosas en fotografías y su reiterada difusión por los medios de comunicación hacen que algo que debería dolernos mucho no nos aflija lo suficiente. Vean si no la foto que acompaño. ¿Puede haber algo tan doloroso como ver a una madre consolada por su hijo ante el cadáver de una hija muerta en una guerra? Sin embargo, confieso que la fotografía no fue capaz de transmitirme el intenso dolor que desprendía. La culpa es seguramente mía. Pero estamos desgraciadamente en un mundo que nos habitúa a escenas como éstas.

la foto

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