La corrupción y la naturaleza humana

Publicado por el ago 3, 2014

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Decía Shakespeare hace más de cuatrocientos años: «¡Ay señor!, tal como va el mundo ser honesto es ser un hombre escogido entre diez mil». Si hubiera que actualizar esta cifra en la sociedad española de hoy habría que multiplicarla por mucho. Y es que cualquiera que esté medianamente informado tiene la sensación de que últimamente han aumentado de manera sensible los casos de corrupción que salen a la luz. El último episodio de esta lamentable lacra es la confesión del ex-presidente de la Generalidad Jordi Pujol.

Ante esta situación, las preguntas que surgen son, cuando menos, las dos siguientes: si la corrupción forma parte o no de la naturaleza humana; y por qué razón parece haber aumentado tanto en nuestros tiempos.

En cuanto a la primera cuestión, escribía Quevedo, en sus Migajas sentenciosas, que «la repetición de los actos viciosos hace creer que nacen de la mala naturaleza de los hombres y no de la necesidad de ocasiones». Es posible que haya hombres «con mala naturaleza», pero pienso que son bastantes más los virtuosos. Por lo cual, no hay que descartar que la falta de honradez tenga que ver con la necesidad de ocasiones.

Y es que en la vida moderna siempre se encuentran argumentos para no resistirse a la propuesta corruptora, y más aún cuando el sobornado cree que necesita inevitablemente lo que el corruptor le ofrece como contrapartida.

No debe olvidarse, sin embargo, que los antónimos de corrupción son honradez e integridad, términos que conducen a la probidad, esto es, rectitud, hombría de bien y conducta intachable. Lo cual nos sitúa en el plano de las cualidades de la persona: para ser corrupto hay que dejar de ser un sujeto de comportamiento honrado. De aquí que parezca mucho más satisfactorio para la propia conciencia negarse a las proposiciones corruptoras que aceptarlas.

¿Qué es entonces lo que ha cambiado para que hoy tengamos la sensación de que la corrupción está muy extendida? Es difícil hablar de una sola causa, pero creo que entre ellas figura el consumo desaforado al que estamos entregados. Uno de los pilares fundamentales de la sociedad moderna (llamada no por casualidad “sociedad de consumo”) es incitar a la adquisición compulsiva de todo tipo de bienes materiales, muchos de los cuales son perfectamente prescindibles. Pero como para consumir se necesita dinero, hay que conseguirlo como sea, aunque haya que entregar a cambio un bien tan preciado como la honradez. Lo malo es que entonces se duplican los corruptos: si hay un corrompido es porque ha habido previamente un corruptor.

Necesitamos que nos barra un huracán de honradez para ver si se lleva la podredumbre que está dejando esa caterva de indeseables que están robando descaradamente al pueblo. Pero para nos invada ese aire limpiador es necesario primero desentronizar al dios dinero, y tiene tan adeptos que lo veo poco menos que imposible.

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